lunes, 7 de febrero de 2011

¿OTRAS ESPECIES HUMANAS?


En enero del año 2000 tuve el privilegio de conversar con el Dr. Meselson, un renombrado biólogo de la Universidad de Harvard.. En ese encuentro me dijo que había tres principios ineluctables sobre nuevos inventos o descubrimientos, sean estos referidos al poderío nuclear, la genética u otro campo: (i) una vez inventados ya no se pueden desinventar; (ii) si una persona, grupo o entidad se interesa por emplearlos, más tarde o más temprano se usarán; (iii) cada vez se volverán más baratos y accesibles.

Todo esto lo dijo a propósito de la posibilidad de que, mediante ingeniería genética, en el curso de medio siglo o incluso menos, un determinado grupo racial, social o de otro tipo, llegara a obtener que los individuos de ese grupo solamente pudieran cruzarse entre ellos, de modo que terminarían por formar algo así como una sub-especie aparte.

¿Ciencia ficción? Tiempo atrás se podría haber considerado una mera fantasía. Sin embargo, con el avance vertiginoso de la tecnología, las nuevas generaciones (y las no tan nuevas) perciben que todo es posible y en un futuro no demasiado distante. Aún recuerdo que en los años setenta yo acostumbraba a decir algo que ya se veía como inminente y no era nada difícil de vislumbrar: que en pocos años más habría un computador en cada casa. Muchos amigos que consideraban esa posibilidad como inhumana hoy no se desprenden ni por un segundo de su blackberry o su i-pad. En otro plano, hoy en día, cuando el fin del predominio de los libros y otros textos impresos en ámbito de la palabra escrita es inminente, hay muchos que se aferran al formato, textura e incluso el olor del papel. No sé si el cambio del pergamino al libro produjo en su momento una zozobra equivalente, pero lo creo probable.

Regresando a los temores del Dr. Meselson, hay que decir que ya muchos otros científicos venían considerando que los cambios tecnológicos podían llegar a generar una especie humana tan distinta a la que conocemos desde la invención de la escritura, que no sabríamos reconocer esa humanidad que estará formada por los nietos de nuestros nietos y ellos no podrían identificarse el pasado que para entonces nosotros seremos. ¿Qué cambios tecnológicos? Aquellos que pueden incidir en lo que, hasta donde sabemos, define nuestra condición humana: la extrema longevidad o cuasi-inmortalidad que sustituiría a nuestra conciencia actual de mortalidad; la expansión ilimitada de nuestro potencial mental mediante una simbiosis entre sistema nervioso y computación y un cambio fundamental en las grandes coordenadas del placer y el dolor.

Lo que Meselson agregó a esa intuición sobre probables cambios fundamentales en la condición humana, es la posibilidad de que ello ocurra segmentadamente, para ciertos grupos humanos, los cuales cerrarían la puerta tras de sí, luego de haberse trasladado a otro plano de humanidad.

¿Qué hoy parece demasiado tenebroso como para pensar en ello? Sí; pero consideremos que si se hubiera hablado, a comienzos del siglo pasado, del control de la natalidad, la fertilización in vitro o la clonación (sin mencionar las armas nucleares) todos hubieran dicho que era tan inconcebible e inhumano que no cabía ni siquiera imaginárselo.

Y ante esta perspectiva, ¿hay algo que se pueda hacer? No mucho. Uno podría plantear la vigencia de ciertos principios éticos, en cualquier circunstancia, pero estas normas serían extremadamente generales: consideración y respeto por todo ser viviente y poco más. Y en todo caso ello estaría sujeto a la determinación de quienes tomarían el control.

¿Pesimista? Quizás, aunque siempre me consideré más bien optimista. No será el fin de la historia, pero sí de un muy magno capítulo. ¿Buscar refugio en la religión? Un columnista chileno escribió una vez algo que parece arrogante, pero no lo estimo así: ese tipo de consuelo se paga a un precio muy alto; el de la lucidez.

domingo, 24 de octubre de 2010

LOS MINEROS Y LA EXPLOTACION PUBLICITARIA


GEOTEC, la sociedad comercial dueña de la perforadora que alcanzó el refugio donde están los mineros, les envió camisetas con el nombre de la empresa para que se las pusieran al momento en que llegara de la sonda. Los mineros lo hicieron, asumiendo, supongo, en su aflictiva situación, que hay que seguir toda instrucción que viene de la superficie. El gobierno se enfureció al ver la grabación y la censuró.

¿Qué reflexiones provocan este y otros intentos de explotar publicitariamente el rescate?

1. Es cierto que la publicidad es inseparable de la vida y la economía modernas. La divulgación de productos y servicios puede ser, a menudo, engañosa, pero, en sí misma, es una función necesaria y permite, además, financiar los medios masivos de comunicación.

2. Interesa a las empresas asociar su imagen corporativa o su marca con valores positivos a los ojos de la comunidad. El objetivo final es siempre maximizar las ganancias (lo que es natural), para lo cual les conviene que el público consumidor tenga una imagen favorable de ella. Esto se puede hacer de una manera general y sutil – y más aceptable para el público – o de un modo más burdo. Ejemplo de lo primero son el financiamiento de las artes o de programas de educación o de salud que emprenden diversas empresas.

3. El camino más grosero consiste en solventar actividades de bien público, pero concebidas desde la división de marketing de la respectiva empresa, para intentar promover un producto, bajo el disfraz de filantropía, o bien para intentar contrarrestar el carácter nocivo del mismo. Por ejemplo, una marca de cigarrillos que financia un evento deportivo o una empresa que patrocina un concurso de arte, exigiendo que los artistas generen obras relacionadas con alguno de sus productos.

4. A veces, el mal gusto alcanza niveles de profanación. Es lo que ha sucedido en los últimos años, alrededor de la Navidad, cuando se ha instalado frente a La Moneda un árbol de pascua gigante cuyos adornos son símbolos de la Coca-Cola. Es también lo que acaba de intentar GEOTEC, buscando publicidad fácil en torno a una de las escasas ocasiones en que la vida moderna nos permite acudir a lo que nos queda de altruismo, solidaridad y esperanza.

5. Pregunta: ¿No hay también un aprovechamiento de una causa noble por parte de las empresas que patrocinan la Teletón a cambio de que sus productos sean vinculados oficialmente a esta campaña? Creo que sí, pero la sociedad se ha resignado al hecho que, de no mediar esta forma de publicidad, los niños discapacitados contarían con menos ayuda.

6. Segunda pregunta: ¿No aprovecha también el gobierno la publicidad del rescate de los mineros? Sí, aunque ésta puede ser una consecuencia inevitable (sin perjuicio de que sea también manipulada para maximizar sus efectos) del cumplimiento de su deber. Lo que resultaría menos aceptable sería que se subordinaran aspectos importantes de la operación de rescate con el fin de destacar el protagonismo del Presidente o de otras figuras políticas. Además, es reprobable que no se haya respetado la privacidad de la vida de los mineros y sus familias o de sus comunicaciones personales.

7. Tercera pregunta: ¿También los medios masivos de comunicación lucran con el rating de esta ultra-noticiosa situación? Sí, tanto los medios nacionales como los extranjeros. Sin embargo, al igual que sucede con las autoridades políticas, ello es una consecuencia inevitable del cumplimiento de su misión. Por lo mismo, sería similarmente reprochable que pasaran por encima de consideraciones básicas de ética periodística.

8. Ultima pregunta: ¿No se está legitimando este afán de explotar publicitariamente (y, por tanto, económicamente) este drama, mediante los consejos anticipados que todo el mundo entrega a los mineros de sacar el mayor partido posible de sus historias, una vez rescatados? En parte, sí. No obstante, sería de un moralismo discriminador y prepotente pedirles que sus penurias alimenten los bolsillos de tantos otros y no redunden en ningún beneficio propio.

lunes, 11 de octubre de 2010

200 AÑOS: DOS GRANDES TAREAS PENDIENTES


Los sistemas políticos nacen, viven, mueren y renacen. Chile nació con un declarado ideario republicano. En el curso de su laboriosa vida independiente, la convivencia nacional se ha quebrado radicalmente en dos momentos. Hoy, luego de la última refundación, el país procura realizar las tareas incumplidas.

La emergencia de un nuevo Estado, suele ocurrir en un tiempo concentrado (en Chile, aproximadamente, entre 1810 y 1833). Esos períodos poseen gran valor simbólico para futuras generaciones. Se diría que en ellos se elabora el software ético y político de una nación, el cual se va actualizando, a lo largo de las décadas y los siglos, aunque siempre marcado por su configuración inicial.

Desde luego, los nuevos Estados no brotan de la nada. En Chile, tanto las raíces precolombinas como el peso de la herencia hispana contribuyeron a moldear la nación que hemos sido. Con todo, el período fundacional de un nuevo país le da a una comunidad nacional un nítido sello de identidad y sentido.

Chile nació durante el auge de los ideales liberales forjados en el siglo XVIII. Ellos definieron nuestra “hoja de ruta”. Sus nociones centrales son la igual dignidad y derechos de toda persona y la voluntad popular como base de la legitimidad del poder. Este ideario implica que el sentido de una sociedad política es maximizar los beneficios de la cooperación, en un clima de seguridad que les permita a todos desenvolverse autónomamente, sobre una base de igualdad de oportunidades.

Durante dos siglos, la historia de los países americanos ha estado marcada por el intento trabajoso de concretar tales principios, o, con más frecuencia, por el afán de pretender que se avanza en esa dirección, cuando la realidad muestra estancamientos o retrocesos. Chile ha sido una excepción relativa a esta última tendencia.

Las primeras conquistas igualitarias republicano-liberales fueron la abolición legal de la sociedad de clases privilegiadas y de la esclavitud. También se inició un largo proceso, hoy todavía inconcluso, de erradicación de las discriminaciones (principalmente, las que se basan en la religión, raza o género). El camino no ha sido llano. En Chile, las declaraciones iniciales de igualdad legal no se han materializado plenamente en la práctica. Aunque con el tiempo se superaron algunas formas extremas de servidumbre y sometimiento, subsiste la marginación o exclusión social de sectores de la población.

Hacia la segunda mitad del siglo XIX, se hizo claro, en todo Occidente, que las igualdades legales, frutos de la primera oleada de pensamiento liberal, eran fundamentales pero no suficientes. Frente a la dramática desigualdad de hecho que sufrían los pobres, fue cobrando fuerza la alternativa de transformar revolucionariamente la sociedad. A partir de entonces y hasta el fin de la Guerra Fría, 140 años más tarde, la lucha por la hegemonía política nacional y mundial tomó la forma de grandes pugnas ideológicas.

De este tipo conflictos políticos ha estado plagada la vida de las sociedades modernas. Sin embargo, cuando se extreman, pueden provocar la muerte de un sistema político, la que frecuentemente va acompañada de grandes atrocidades. Ello sucedió en Chile en 1891 y en 1973.

En décadas recientes, luego de la última refundación de nuestro país, ha habido nuevos avances hacia los ideales fundacionales. Las nociones de democracia, derechos humanos e igualdad de oportunidades concitan gran aprobación, al menos retóricamente. Hay mayor espacio para el emprendimiento. La sociedad civil ha cobrado más protagonismo, lo que es clave para hacer realidad el principio democrático de la soberanía popular. Ha ganado terreno la idea de que tenemos derechos pero también responsabilidades: debemos, a la vez, contar con medidas de solidaridad social y valernos por nosotros mismos, en toda la medida de lo posible.

Hoy subsisten dos grandes desafíos. El primero es alcanzar una situación de efectiva inclusión social que provea igualdad de oportunidades para todos, superando la discriminación y la marginación que sufren sectores del país. El segundo reto es la modernización del Estado y la sociedad, junto con desarrollar una capacidad de constante adaptación a las exigencias de los tiempos.

Abordar estas tareas exige superar algunos lastres que continúan dividiéndonos. Cincuenta años atrás, Chile estaba escindido, ideológicamente, en tres tercios irreconciliables. Actualmente, tales extremas diferencias parecen superadas, pero existen otras grietas no tan claramente visibles: Por una parte, hay quienes no están dispuestos a ceder ni un ápice de sus privilegios en pro de construir una sociedad justa y sostenible. Por otra, hay quienes prefieren esperar todo del Estado. Para realizar el ideal republicano inscrito en nuestra acta de nacimiento como país, se requiere que pueda prevalecer, en el largo plazo, una tercera actitud: la de quienes advierten que el emprendimiento es la savia de una sociedad, pero que la inclusión y la justicia social son sus raíces y tronco.

domingo, 1 de agosto de 2010

CALIDAD DEL PERIODISMO


Es sabido que la libre expresión es la madre de las libertades en una sociedad democrática. Se sabe también que los medios de comunicación de masas son el vehículo privilegiado para ejercer dicha libertad. Por tanto, es esencial, para la salud de la sociedad moderna, que los medios publiquen debidamente informaciones, opiniones e ideas (además, naturalmente, de tener espacio para el entretenimiento y la publicidad).

¿Debidamente? ¿Quiere decir esto que la prensa debe ser veraz? Por supuesto, es altamente deseable que lo sea, pero ello no se puede imponer por ley. Antaño, un viejo profesor nos explicaba que es posible transitar, en sólo dos pasos conceptuales, todo el trecho que separa la libertad de la peor censura. Punto de partida: "¡Viva la libertad de expresión!". Paso 2: "La libertad, claro está, al servicio de la verdad". Paso 3: "La verdad, desde luego, calificada por la autoridad".

Las falsedades sobre hechos que nos atañen personalmente, deben ser, por cierto, reparables. Una persona erróneamente aludida, tiene derecho a rectificación o respuesta en el mismo medio. El punto es el de la verdad sobre noticias de interés público y, más importante aún, sobre la interpretación de éstas. Acerca de ello no es posible imponer un estándar determinado. La única solución consiste en que haya acceso a tantos y tan diversos medios de comunicación, que los lectores, auditores o televidentes puedan formarse su propia opinión. Además, tal diversidad fuerza a los medios a auto-regularse; de lo contrario perderían credibilidad y público (y, como consecuencia, viabilidad económica).

Otro punto crucial es el del respeto a ciertos estándares básicos, por parte de los profesionales de la prensa. Naturalmente, los medios de comunicación tienen su orientación editorial. Por ejemplo, todo el mundo informado sabe que el New York Times es liberal y el Wall Street Journal, conservador; y que Le Monde Diplomatique en español está más a la izquierda que su versión en francés. Lo medular no es que tengan una línea determinada; el problema se presenta cuando esa línea influye también en aspectos más netamente técnicos o profesionales como los titulares, la forma de presentar las estadísticas, la compaginación, la selección de las fotos…

Y acerca de esto ¿cómo andamos por casa? En la prensa escrita chilena, como se sabe, hay un duopolio. Esto genera una cierta variedad y competencia, pero muy insuficiente. En la Televisión abierta, existen unos cuántos canales. Sólo en la radio es posible hallar más diversidad; o bien en los todavía incipientes (aunque velozmente cambiantes) medios digitales.

En un medio masivo no puede pretenderse que cada periodista tenga plena autonomía editorial. Sin embargo, en los mejores periódicos de países con larga tradición democrática, es común que la dirección del diario, esto es, la planta profesional, sea bastante autónoma respecto de sus dueños. Por supuesto, éstos designarán a un director más o menos afín con su propia línea política, ideológica o valórica. Pero los propietarios no intervienen en el día a día del trabajo periodístico. Tal autonomía relativa es bastante desconocida en los diarios chilenos, aunque en alguno se comience a insinuar más que en otro.

Tanto o más grave es la manipulación de la presentación de las noticias, de acuerdo a las preferencias políticas del medio. Un solo botón de muestra: Bajo la presidencia anterior, cierto día, un importante diario santiaguino dedicó su titular de portada al hecho que un enfermo mental había quemado una imagen religiosa en la catedral. En la misma edición se consignaba, en páginas interiores, la noticia de una redada policial que condujo a la captura de centenares de delincuentes. Si estos sucesos se hubiesen producido hoy en día ¿cuál habría sido el principal titular?

lunes, 5 de julio de 2010

¿DECANO DURO DE MATAR O STATU QUO DURO DE CAMBIAR?


José Rodríguez Elizondo ha escrito una columna en la Tercera del Domingo 13 de junio, titulada “Decano Duro de Matar”. Respeto a José como columnista y académico. Sin embargo, en la polarización en que se halla la Facultad de Derecho de la U. de Chile, estamos en posiciones contrarias. El valora la gestión pasada del Decano Nahum, recientemente reelegido, luego de su renuncia, el año pasado. Yo tengo una opinión distinta.

A mi juicio:

1. La Universidad de Chile declina, lenta pero perceptiblemente. La Facultad de Derecho, quizás su órgano académico más emblemático, también.

2. En su anterior decanato, el prof. Nahum mostró una entrega total a la gestión universitaria. No obstante, su dirección fue autárquica, clientelar e ineficaz. Autárquica, porque tomaba la mayoría de las decisiones por sí y ante sí. Clientelar, porque prometía o hacía favores a cambio de apoyo. Ineficaz, porque si bien construyó nuevas y valiosas instalaciones, no llevó adelante urgentes reformas académicas.

3. Los hechos son preocupantes. Poco más de un 60% de los académicos de la Facultad tiene derecho a voto (el resto está “a honorarios”) y entre los que votan, muchos no han desarrollado actividad universitaria desde hace años. La modernización de la Facultad languidece.

4. La toma de los estudiantes de 2009, que culminó con la renuncia de Nahum, se centraba en estas quejas. Tales agravios eran compartidos por muchos profesores. Por ese entonces, se reveló, además, que el decano Nahum había publicado como suyo un libro idéntico a una memoria de un alumno suyo, que estaba basada en los apuntes que éste tomó de sus clases. En el libro no había mención alguna al trabajo de ordenación y redacción del estudiante. A todas luces esa publicación buscaba cumplir con requisitos exigidos por la U. de Chile para que un profesor llegue a la jerarquía de titular y postular al cargo de decano. Aunque soy titular, me parece absurdo exigir esa calidad para poder ser decano. Cualquier profesor de menor jerarquía que estuviera calificado para la gestión universitaria podría serlo, como ocurre en grandes universidades. Sin embargo, al presentar el libro como de su autoría, lo que el decano Nahum hizo, con el propósito – no lo niego – de poder servir a la Universidad del modo que él lo sentía, fue incorrecto, no un mero “viejo error” como lo califica José Rodríguez Elizondo. En todo caso, si bien la prensa de entonces se concentró en ese hecho, no era ésta la principal causa de la toma.

5. Los partidarios del profesor Nahum plantean otras objeciones: que la toma estudiantil fue una inaceptable medida de fuerza y que la mayoría democrática del claustro apoya al decano. Ambas deben ser respondidas:

6. La toma fue conducida de manera responsable, lo que no le quita su carácter de medida de suma presión. ¿Había otra alternativa o se trataba de un recurso extremo de cara a una situación de seria amenaza al futuro de la Facultad frente a la cual se cerraban las puertas, no se oía a los agraviados y nada cambiaba?

7. Sobre la democracia en la Facultad de Derecho se puede decir lo siguiente: (a) El padrón electoral es poco representativo y amañado. (b) Esa es la legalidad formal de la Facultad. (c) Sin embargo, legalidad no significa legitimidad y, aunque lo significara, legitimidad de origen no es equivalente a legitimidad de ejercicio (esta última distinción puede abrir varias cajas de Pandora; no por ello deja de ser relevante).

8. Aquellos que apoyaron a Nahum en su reciente victoria electoral al decanato podrían decir que quienes se opusieron a él jugaron con esas reglas del juego y perdieron. Y tendrían razón. Las autoridades interinas del último año pudieron y debieron hacer más para que el claustro de la Facultad fuera realmente representativo de sus académicos activos.

9. ¿Y ahora qué? Los sectores que estuvieron en pugna no representan posiciones políticas. En ambos hay personas de distintas convicciones. Se trata de un conflicto sobre el futuro de la Facultad de Derecho, por una parte; y, por otra, un diferendo entre quienes consideran que el decanato de Nahum tuvo grandes falencias y otros que piensan que hubo un intento injusto de los opositores del decano de tratar de imponer sus posiciones por la fuerza. Roberto Nahum ha declarado que quiere recomponer la “amistad cívica” y sus partidarios han dicho que corregirá las fallas de su anterior decanato. Esperemos que sea así.

lunes, 14 de junio de 2010

PROGRESO Y PROGRESISMO


Hace ya más de 500 años el poeta Jorge Manrique escribió que “…a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor”. Desde entonces se vienen recordando estos versos para afirmar la superioridad del ayer respecto del presente. Lo que se suele olvidar, cuando se cita al poeta castellano, es la frase “a nuestro parecer”, que sugiere que el hecho que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”, es fruto de nuestra impresión, no necesariamente la realidad.

“…A nuestro parecer…”. Es curioso cómo las expectativas suelen transformarse en dolidas añoranzas, con el paso de la vida. Cuando jóvenes, muchos imaginan un porvenir de halagüeñas promesas. Una vez que el transcurso del tiempo ha tornado el brillante futuro en deslucido presente, con su carga de esperanzas fallidas, tienden a convertir las esperanzas de ayer en nostalgias de hoy. Antes, para proyectar sus doradas ilusiones, debieron aligerar sus sueños de toda carga de realismo; hoy, para soportar el desencanto, procuran idealizar el pasado recordando (y magnificando) sólo lo bueno.

Hay quienes señalan que esta sospecha de lo nuevo y glorificación del pasado ya existía en la noche de los tiempos. Recuerdo haber leído cuando adolescente que se habían descifrado unas tablillas de escritura cuneiforme de miles de años de antigüedad, en las que constaba un lamento sobre la juventud que ya no tenía respeto por los mayores y otras quejas semejantes, que bien podrían haber reflejado un estado de ánimo contemporáneo.

Todo ello no significa, por supuesto, que no haya épocas mejores y peores. Bien sabemos que la historia no avanza ininterrumpidamente sino que sigue un derrotero marcado por vueltas, recodos e incluso retrocesos. El punto es si en el largo plazo podemos o no detectar progreso.

Para responder esta pregunta hay que comenzar por aclarar qué entendemos por progreso. Alguien dijo una vez que no es progreso que los caníbales empiecen a comer con tenedor y cuchillo. Por su parte, el pintor Franz Marc explicó, a comienzos del siglo pasado, la diferencia entre tradición y progreso: “la tradición no consiste en usar el sombrero del abuelo, sino en comprarse uno nuevo, tal como en su momento hizo el abuelo”.

Estos dichos nos aclaran que los avances meramente cosméticos no constituyen progreso y que el mejor modo de honrar la tradición no es repetir sus resultados históricos sino emular el impulso de novedad que anida en los ejemplos del pasado. Pero, una vez más, ¿qué es progreso? Como suelen contestar en los exámenes los estudiantes de derecho, “depende”. Depende de nuestra idea de qué es una vida buena, cómo organizar la sociedad mejor y en qué consiste la justicia. Y ese es terreno propio de la ética y la política.

El “progresismo”, sin embargo (término muy en boga en los debates políticos) supondría una actitud de apertura frente a lo nuevo, como camino para asegurar que la sociedad se organice para garantizar a todos justicia, así como una igualdad de oportunidades que les permita desarrollar sus planes sobre lo que consideran una buena vida. El progresismo supone reconocer de partida que todo lo que ha terminado por aceptarse como un avance, alguna vez fue novedoso; y como tal, fue resistido en su momento. Aunque también significa entender que no todo lo nuevo acaba siendo un paso hacia adelante. Tal como la naturaleza, que ensaya constantemente innumerables permutaciones, sólo algunas de las cuales se sostienen como viables a lo largo del tiempo, apenas una minoría de los experimentos políticos y sociales, así como de los cambios económicos y tecnológicos acabarán asentándose como válidos.

Así mirada, la idea de progresismo no es necesariamente monopolio de un determinado sector político. Hay partidos y movimientos que comenzaron con un sentido de innovación y progreso (en la connotación amplia de esta expresión ya señalada) pero luego se estancaron en un tradicionalismo estrecho del tipo “usar el sombrero del abuelo”. Lo que sí importa es una actitud, no sólo de propiciar y examinar lo nuevo con interés (aunque también críticamente) sino también de celebrar los cambios e innovaciones en la medida en que parezcan contribuir a forjar una sociedad más justa y sustentable.

MEJOR OLVIDARSE DE LOS NOMBRES


Estas líneas no pretenden ser un elogio de la amnesia ni tampoco un llamado a olvidarse por completo de la denominación de las cosas. Se trata, sí, de destacar la importancia de no quedarse atrapado en los nombres porque ello limita nuestra aptitud para entender y atrofia nuestra capacidad de apreciar.

El ejemplo más socorrido es el del nombre “pescado crudo”, que para muchos trae asociaciones ominosas que les impiden disfrutar del sushi. Si ellos pudieran olvidar por un momento que están comiendo frutos del mar sin cocción, quizás podrían degustarlos sólo a partir de sus sabores, texturas y aromas, y no rechazarlos como el alimento para focas que sugiere la expresión “pescado crudo”.

Claro que la pérdida permanente de la facultad de identificar puede ser invalidante. El neurólogo Oliver Sachs, en su libro ”El Hombre que Confundió a su Mujer con un Sombrero” narra el caso de un paciente con un daño cerebral que le impedía armar un conjunto coherente a partir de los distintos componentes visuales que percibía. Mirando la cara de alguien, veía perfectamente dos ovalos horizontales (los ojos), una abertura más abajo (la boca), etc., pero no podía representarse un rostro, menos aún darle un nombre.

Ese caso reafirma algo evidente: necesitamos reconocer, distinguir, agrupar, clasificar, para poder manejarnos en el día a día y para transitar expeditamente por los senderos del saber y del aprender. Dicho conjunto de funciones es semejante a la labor de edificar, pero si aceptamos este símil, habrá que recordar también que las construcciones precisan de aberturas: puertas, ventanas, ductos y patios. Por lo mismo, es esencial ejercitarnos en saber suspender, selectiva y temporalmente, la facultad de identificar, no sólo para abrirnos a aventuras culinarias aparentemente exóticas, sino también, por ejemplo, para la apreciación de las artes visuales y, en general, de todo lo visible.

Lawrence Weschler desarrolla esta idea en su libro “Ver es Olvidar el Nombre de las Cosas que Vemos”. El punto es que si, en vez de asignar la denominación de “mesa” o “silla” al objeto que estamos contemplando (sin que procuremos llegar más allá de la identificación), notáramos debidamente sus líneas, ángulos, colores, vetas y manchas, estaríamos “viéndolo” de verdad. Esa misma actitud nos permitiría discernir una obra de arte no figurativo, por encima del simple “no la entiendo”.

Shakespeare ilumina hasta qué punto un nombre puede ser instrumento de prejuicios. En su célebre tragedia del amor adolescente, Julieta se pregunta sobre qué importa un nombre, cuando se entera que el de Romeo identifica al objeto de su amor a primera vista como miembro de los Montesco, la familia archienemiga de la suya. “Bajo cualquier otro nombre, la rosa exhalaría la misma dulce fragancia”, reflexiona la enamorada muchacha.

Convengamos, sí, que a veces es preferible que no sepamos lo que hay detrás de un nombre y que éste, más que una barrera al entendimiento, opera como una pantalla que nos protege de algo que más vale que permanezca ignorado. Por ello, un viejo refrán alemán (¿o es polaco?) sostiene que si queremos comer salchichas, mejor no averigüemos de qué están hechas. Un dicho que es, por lo demás, plenamente aplicable al campo de la política, entre muchos otros ámbitos del quehacer humano.