domingo, 1 de agosto de 2010

CALIDAD DEL PERIODISMO


Es sabido que la libre expresión es la madre de las libertades en una sociedad democrática. Se sabe también que los medios de comunicación de masas son el vehículo privilegiado para ejercer dicha libertad. Por tanto, es esencial, para la salud de la sociedad moderna, que los medios publiquen debidamente informaciones, opiniones e ideas (además, naturalmente, de tener espacio para el entretenimiento y la publicidad).

¿Debidamente? ¿Quiere decir esto que la prensa debe ser veraz? Por supuesto, es altamente deseable que lo sea, pero ello no se puede imponer por ley. Antaño, un viejo profesor nos explicaba que es posible transitar, en sólo dos pasos conceptuales, todo el trecho que separa la libertad de la peor censura. Punto de partida: "¡Viva la libertad de expresión!". Paso 2: "La libertad, claro está, al servicio de la verdad". Paso 3: "La verdad, desde luego, calificada por la autoridad".

Las falsedades sobre hechos que nos atañen personalmente, deben ser, por cierto, reparables. Una persona erróneamente aludida, tiene derecho a rectificación o respuesta en el mismo medio. El punto es el de la verdad sobre noticias de interés público y, más importante aún, sobre la interpretación de éstas. Acerca de ello no es posible imponer un estándar determinado. La única solución consiste en que haya acceso a tantos y tan diversos medios de comunicación, que los lectores, auditores o televidentes puedan formarse su propia opinión. Además, tal diversidad fuerza a los medios a auto-regularse; de lo contrario perderían credibilidad y público (y, como consecuencia, viabilidad económica).

Otro punto crucial es el del respeto a ciertos estándares básicos, por parte de los profesionales de la prensa. Naturalmente, los medios de comunicación tienen su orientación editorial. Por ejemplo, todo el mundo informado sabe que el New York Times es liberal y el Wall Street Journal, conservador; y que Le Monde Diplomatique en español está más a la izquierda que su versión en francés. Lo medular no es que tengan una línea determinada; el problema se presenta cuando esa línea influye también en aspectos más netamente técnicos o profesionales como los titulares, la forma de presentar las estadísticas, la compaginación, la selección de las fotos…

Y acerca de esto ¿cómo andamos por casa? En la prensa escrita chilena, como se sabe, hay un duopolio. Esto genera una cierta variedad y competencia, pero muy insuficiente. En la Televisión abierta, existen unos cuántos canales. Sólo en la radio es posible hallar más diversidad; o bien en los todavía incipientes (aunque velozmente cambiantes) medios digitales.

En un medio masivo no puede pretenderse que cada periodista tenga plena autonomía editorial. Sin embargo, en los mejores periódicos de países con larga tradición democrática, es común que la dirección del diario, esto es, la planta profesional, sea bastante autónoma respecto de sus dueños. Por supuesto, éstos designarán a un director más o menos afín con su propia línea política, ideológica o valórica. Pero los propietarios no intervienen en el día a día del trabajo periodístico. Tal autonomía relativa es bastante desconocida en los diarios chilenos, aunque en alguno se comience a insinuar más que en otro.

Tanto o más grave es la manipulación de la presentación de las noticias, de acuerdo a las preferencias políticas del medio. Un solo botón de muestra: Bajo la presidencia anterior, cierto día, un importante diario santiaguino dedicó su titular de portada al hecho que un enfermo mental había quemado una imagen religiosa en la catedral. En la misma edición se consignaba, en páginas interiores, la noticia de una redada policial que condujo a la captura de centenares de delincuentes. Si estos sucesos se hubiesen producido hoy en día ¿cuál habría sido el principal titular?

lunes, 5 de julio de 2010

¿DECANO DURO DE MATAR O STATU QUO DURO DE CAMBIAR?


José Rodríguez Elizondo ha escrito una columna en la Tercera del Domingo 13 de junio, titulada “Decano Duro de Matar”. Respeto a José como columnista y académico. Sin embargo, en la polarización en que se halla la Facultad de Derecho de la U. de Chile, estamos en posiciones contrarias. El valora la gestión pasada del Decano Nahum, recientemente reelegido, luego de su renuncia, el año pasado. Yo tengo una opinión distinta.

A mi juicio:

1. La Universidad de Chile declina, lenta pero perceptiblemente. La Facultad de Derecho, quizás su órgano académico más emblemático, también.

2. En su anterior decanato, el prof. Nahum mostró una entrega total a la gestión universitaria. No obstante, su dirección fue autárquica, clientelar e ineficaz. Autárquica, porque tomaba la mayoría de las decisiones por sí y ante sí. Clientelar, porque prometía o hacía favores a cambio de apoyo. Ineficaz, porque si bien construyó nuevas y valiosas instalaciones, no llevó adelante urgentes reformas académicas.

3. Los hechos son preocupantes. Poco más de un 60% de los académicos de la Facultad tiene derecho a voto (el resto está “a honorarios”) y entre los que votan, muchos no han desarrollado actividad universitaria desde hace años. La modernización de la Facultad languidece.

4. La toma de los estudiantes de 2009, que culminó con la renuncia de Nahum, se centraba en estas quejas. Tales agravios eran compartidos por muchos profesores. Por ese entonces, se reveló, además, que el decano Nahum había publicado como suyo un libro idéntico a una memoria de un alumno suyo, que estaba basada en los apuntes que éste tomó de sus clases. En el libro no había mención alguna al trabajo de ordenación y redacción del estudiante. A todas luces esa publicación buscaba cumplir con requisitos exigidos por la U. de Chile para que un profesor llegue a la jerarquía de titular y postular al cargo de decano. Aunque soy titular, me parece absurdo exigir esa calidad para poder ser decano. Cualquier profesor de menor jerarquía que estuviera calificado para la gestión universitaria podría serlo, como ocurre en grandes universidades. Sin embargo, al presentar el libro como de su autoría, lo que el decano Nahum hizo, con el propósito – no lo niego – de poder servir a la Universidad del modo que él lo sentía, fue incorrecto, no un mero “viejo error” como lo califica José Rodríguez Elizondo. En todo caso, si bien la prensa de entonces se concentró en ese hecho, no era ésta la principal causa de la toma.

5. Los partidarios del profesor Nahum plantean otras objeciones: que la toma estudiantil fue una inaceptable medida de fuerza y que la mayoría democrática del claustro apoya al decano. Ambas deben ser respondidas:

6. La toma fue conducida de manera responsable, lo que no le quita su carácter de medida de suma presión. ¿Había otra alternativa o se trataba de un recurso extremo de cara a una situación de seria amenaza al futuro de la Facultad frente a la cual se cerraban las puertas, no se oía a los agraviados y nada cambiaba?

7. Sobre la democracia en la Facultad de Derecho se puede decir lo siguiente: (a) El padrón electoral es poco representativo y amañado. (b) Esa es la legalidad formal de la Facultad. (c) Sin embargo, legalidad no significa legitimidad y, aunque lo significara, legitimidad de origen no es equivalente a legitimidad de ejercicio (esta última distinción puede abrir varias cajas de Pandora; no por ello deja de ser relevante).

8. Aquellos que apoyaron a Nahum en su reciente victoria electoral al decanato podrían decir que quienes se opusieron a él jugaron con esas reglas del juego y perdieron. Y tendrían razón. Las autoridades interinas del último año pudieron y debieron hacer más para que el claustro de la Facultad fuera realmente representativo de sus académicos activos.

9. ¿Y ahora qué? Los sectores que estuvieron en pugna no representan posiciones políticas. En ambos hay personas de distintas convicciones. Se trata de un conflicto sobre el futuro de la Facultad de Derecho, por una parte; y, por otra, un diferendo entre quienes consideran que el decanato de Nahum tuvo grandes falencias y otros que piensan que hubo un intento injusto de los opositores del decano de tratar de imponer sus posiciones por la fuerza. Roberto Nahum ha declarado que quiere recomponer la “amistad cívica” y sus partidarios han dicho que corregirá las fallas de su anterior decanato. Esperemos que sea así.

lunes, 14 de junio de 2010

PROGRESO Y PROGRESISMO


Hace ya más de 500 años el poeta Jorge Manrique escribió que “…a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor”. Desde entonces se vienen recordando estos versos para afirmar la superioridad del ayer respecto del presente. Lo que se suele olvidar, cuando se cita al poeta castellano, es la frase “a nuestro parecer”, que sugiere que el hecho que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”, es fruto de nuestra impresión, no necesariamente la realidad.

“…A nuestro parecer…”. Es curioso cómo las expectativas suelen transformarse en dolidas añoranzas, con el paso de la vida. Cuando jóvenes, muchos imaginan un porvenir de halagüeñas promesas. Una vez que el transcurso del tiempo ha tornado el brillante futuro en deslucido presente, con su carga de esperanzas fallidas, tienden a convertir las esperanzas de ayer en nostalgias de hoy. Antes, para proyectar sus doradas ilusiones, debieron aligerar sus sueños de toda carga de realismo; hoy, para soportar el desencanto, procuran idealizar el pasado recordando (y magnificando) sólo lo bueno.

Hay quienes señalan que esta sospecha de lo nuevo y glorificación del pasado ya existía en la noche de los tiempos. Recuerdo haber leído cuando adolescente que se habían descifrado unas tablillas de escritura cuneiforme de miles de años de antigüedad, en las que constaba un lamento sobre la juventud que ya no tenía respeto por los mayores y otras quejas semejantes, que bien podrían haber reflejado un estado de ánimo contemporáneo.

Todo ello no significa, por supuesto, que no haya épocas mejores y peores. Bien sabemos que la historia no avanza ininterrumpidamente sino que sigue un derrotero marcado por vueltas, recodos e incluso retrocesos. El punto es si en el largo plazo podemos o no detectar progreso.

Para responder esta pregunta hay que comenzar por aclarar qué entendemos por progreso. Alguien dijo una vez que no es progreso que los caníbales empiecen a comer con tenedor y cuchillo. Por su parte, el pintor Franz Marc explicó, a comienzos del siglo pasado, la diferencia entre tradición y progreso: “la tradición no consiste en usar el sombrero del abuelo, sino en comprarse uno nuevo, tal como en su momento hizo el abuelo”.

Estos dichos nos aclaran que los avances meramente cosméticos no constituyen progreso y que el mejor modo de honrar la tradición no es repetir sus resultados históricos sino emular el impulso de novedad que anida en los ejemplos del pasado. Pero, una vez más, ¿qué es progreso? Como suelen contestar en los exámenes los estudiantes de derecho, “depende”. Depende de nuestra idea de qué es una vida buena, cómo organizar la sociedad mejor y en qué consiste la justicia. Y ese es terreno propio de la ética y la política.

El “progresismo”, sin embargo (término muy en boga en los debates políticos) supondría una actitud de apertura frente a lo nuevo, como camino para asegurar que la sociedad se organice para garantizar a todos justicia, así como una igualdad de oportunidades que les permita desarrollar sus planes sobre lo que consideran una buena vida. El progresismo supone reconocer de partida que todo lo que ha terminado por aceptarse como un avance, alguna vez fue novedoso; y como tal, fue resistido en su momento. Aunque también significa entender que no todo lo nuevo acaba siendo un paso hacia adelante. Tal como la naturaleza, que ensaya constantemente innumerables permutaciones, sólo algunas de las cuales se sostienen como viables a lo largo del tiempo, apenas una minoría de los experimentos políticos y sociales, así como de los cambios económicos y tecnológicos acabarán asentándose como válidos.

Así mirada, la idea de progresismo no es necesariamente monopolio de un determinado sector político. Hay partidos y movimientos que comenzaron con un sentido de innovación y progreso (en la connotación amplia de esta expresión ya señalada) pero luego se estancaron en un tradicionalismo estrecho del tipo “usar el sombrero del abuelo”. Lo que sí importa es una actitud, no sólo de propiciar y examinar lo nuevo con interés (aunque también críticamente) sino también de celebrar los cambios e innovaciones en la medida en que parezcan contribuir a forjar una sociedad más justa y sustentable.

MEJOR OLVIDARSE DE LOS NOMBRES


Estas líneas no pretenden ser un elogio de la amnesia ni tampoco un llamado a olvidarse por completo de la denominación de las cosas. Se trata, sí, de destacar la importancia de no quedarse atrapado en los nombres porque ello limita nuestra aptitud para entender y atrofia nuestra capacidad de apreciar.

El ejemplo más socorrido es el del nombre “pescado crudo”, que para muchos trae asociaciones ominosas que les impiden disfrutar del sushi. Si ellos pudieran olvidar por un momento que están comiendo frutos del mar sin cocción, quizás podrían degustarlos sólo a partir de sus sabores, texturas y aromas, y no rechazarlos como el alimento para focas que sugiere la expresión “pescado crudo”.

Claro que la pérdida permanente de la facultad de identificar puede ser invalidante. El neurólogo Oliver Sachs, en su libro ”El Hombre que Confundió a su Mujer con un Sombrero” narra el caso de un paciente con un daño cerebral que le impedía armar un conjunto coherente a partir de los distintos componentes visuales que percibía. Mirando la cara de alguien, veía perfectamente dos ovalos horizontales (los ojos), una abertura más abajo (la boca), etc., pero no podía representarse un rostro, menos aún darle un nombre.

Ese caso reafirma algo evidente: necesitamos reconocer, distinguir, agrupar, clasificar, para poder manejarnos en el día a día y para transitar expeditamente por los senderos del saber y del aprender. Dicho conjunto de funciones es semejante a la labor de edificar, pero si aceptamos este símil, habrá que recordar también que las construcciones precisan de aberturas: puertas, ventanas, ductos y patios. Por lo mismo, es esencial ejercitarnos en saber suspender, selectiva y temporalmente, la facultad de identificar, no sólo para abrirnos a aventuras culinarias aparentemente exóticas, sino también, por ejemplo, para la apreciación de las artes visuales y, en general, de todo lo visible.

Lawrence Weschler desarrolla esta idea en su libro “Ver es Olvidar el Nombre de las Cosas que Vemos”. El punto es que si, en vez de asignar la denominación de “mesa” o “silla” al objeto que estamos contemplando (sin que procuremos llegar más allá de la identificación), notáramos debidamente sus líneas, ángulos, colores, vetas y manchas, estaríamos “viéndolo” de verdad. Esa misma actitud nos permitiría discernir una obra de arte no figurativo, por encima del simple “no la entiendo”.

Shakespeare ilumina hasta qué punto un nombre puede ser instrumento de prejuicios. En su célebre tragedia del amor adolescente, Julieta se pregunta sobre qué importa un nombre, cuando se entera que el de Romeo identifica al objeto de su amor a primera vista como miembro de los Montesco, la familia archienemiga de la suya. “Bajo cualquier otro nombre, la rosa exhalaría la misma dulce fragancia”, reflexiona la enamorada muchacha.

Convengamos, sí, que a veces es preferible que no sepamos lo que hay detrás de un nombre y que éste, más que una barrera al entendimiento, opera como una pantalla que nos protege de algo que más vale que permanezca ignorado. Por ello, un viejo refrán alemán (¿o es polaco?) sostiene que si queremos comer salchichas, mejor no averigüemos de qué están hechas. Un dicho que es, por lo demás, plenamente aplicable al campo de la política, entre muchos otros ámbitos del quehacer humano.

martes, 25 de mayo de 2010

APRENDER DE MEMORIA


Siglos atrás, una corriente de pensamiento teológico distinguía tres “potencias del alma”: la memoria, el entendimiento y la voluntad. Ya entonces se reconocía el papel central de la memoria en la definición de la identidad (somos lo que hemos sido) y en la pervivencia de los dolores, así como de los goces (“lo comido y lo bailado…”). A propósito de esto último, algunos místicos de antaño recomendaban ejercicios para sojuzgar a la memoria, purificándola del recuerdo mismo de los placeres.

Hoy, la memoria tiene mala prensa, sobre todo en el ámbito de la educación. No seré yo quien argumente a favor de una enseñanza repetitiva, que ponga el énfasis en el recuerdo automático de fechas, nombres o cifras, en menoscabo de la comprensión de lo que se retiene. Sin embargo, creo firmemente que últimamente el péndulo se ha movido hacia el otro extremo. Todavía pienso, contra el parecer de la mayoría de los pedagogos actuales, que es útil que los niños aprendan de memoria las tablas de multiplicar o que sean capaces de recitar algunas poesías de corrido. El punto no es tratar de facilitarles funciones que pueden realizar instantáneamente con una calculadora o tipeando algunas cuantas palabras en el buscador Google. Se trata, más bien, de fortificar una función mental que será un valioso auxiliar para ellos, en su larga jornada por los senderos del saber y del quehacer.

Recordar bien no consiste en ser capaz de evocar un dato cualquiera, extrayéndolo con certidumbre de entre un confuso amontonamiento de información. Más bien se parece a la función de organizar un buen sistema de archivos computacionales, con carpetas y sub-carpetas bien dispuestas, dentro de las cuales uno sabe lo que va a encontrar. También es esencial aprender a recuperar “transversalmente” datos relevantes que hemos almacenado en distintos compartimentos de nuestros recuerdos. Si conseguimos hacerlo con cierta destreza, nos sorprenderá comprobar la relevancia que puede llegar a tener cierta información que, mirada aisladamente, parecería trivial.

Para conseguir todo lo anterior, retener demasiado (o absolutamente todo, como el personaje Funes, de uno de los cuentos de Jorge Borges) es un gravoso obstáculo. Se dice que la memoria se puede recargar, tal como un disco duro que copa su capacidad y que no puede seguir almacenando información si no se borra alguna. No lo sé. Pero sí creo en el proverbio que afirma que una de las medidas del progreso es nuestra capacidad de olvidar.

Sobre mi propio caminar de la mano de la memoria, todavía recuerdo el día en que mi profesor jefe de tercero básico pidió un voluntario para recitar de memoria “La Higuera”, un poema de la uruguaya Juana de Ibarbourou, en un acto del colegio. Me ofrecí, declamé sin errores y desde entonces no he parado de hablar en público. (En contraste, también en ese año me ofrecí para participar en el coro del colegio, hasta que el profesor que lo dirigía me mandó de vuelta a la sala de clases por “rana”, y nunca más he podido cantar ante otros).

En ese entonces tenía apenas ocho años. A poco andar, noté que las más apasionadas aficiones de mis compañeros estaban construidas sobre la capacidad de memorizar: las estadísticas del fútbol, los nombres de los artistas de Hollywood, las letras de canciones… La intuición me dijo que una memoria bien acerada sería un instrumento invaluable para explorar todas mis curiosidades. Comencé, entonces a cultivar esa facultad deliberadamente. Años más tarde, cuando ya estaba a punto de salir del colegio, el maestro nacional de ajedrez René Letelier me enseñó algunas técnicas de memorización que practico hasta ahora.

Y así, llegué a pensar que no había ámbito de lo humano en que no interviniera la memoria. Hasta que un amigo me hizo ver que hay significativas excepciones, recitándome este desopilante poema, aprendido de su padre:

"Admiróse un portugués
de ver que en su tierna infancia
todos los niños en Francia
supiesen hablar francés.
”Arte diabólica es”,
dijo, torciendo el mostacho,
”esto de hablar en gabacho.
Un hidalgo en Portugal
llega a viejo y lo habla mal;
y aquí lo parla un muchacho”.

EXPERIMENTOS SOCIALES INCONCEBIBLES


Tesis 1: En los Estados Unidos subsisten prejuicios raciales que pesan, consciente o inconscientemente, en el ánimo de muchos policías y miembros de jurados. Ello, sumado a que los testigos presenciales son notoriamente poco confiables, ha producido la condena de muchísimos varones negros por delitos que no han cometido.

Difícil de probar de modo concluyente, ¿no es cierto? Bueno, las técnicas de avanzada se han encargado de ello. Esta semana salió en libertad Raymond Tower, un músico negro de 52 años de edad, luego de pasar 28 años en prisión. Un examen de ADN demostró que él no pudo haber cometido la violación por la que se lo condenó. En las últimas dos décadas ya suman más de 250 los casos de personas sentenciadas a largas penas de presidio en los Estados Unidos que han logrado probar su inocencia gracias a tests de ADN y a la acción decidida de una organización de abogados defensores.

Tesis 2: Hay un número no menor de personas altamente inteligentes, que han tenido una educación de calidad, que no vacilarían en causar grandes males si pudieran hacerlo con una razonable probabilidad de anonimato e impunidad.

¿Igualmente difícil de probar? Bueno, aparte de algunos estudios pioneros cuyos resultados son controvertibles, el avance de la computación y el Internet han aportado indicios tremendamente decidores: basta pensar en los miles de hackers, que continuamente lanzan al cyberespacio todo tipo de virus y otros destructivos engendros digitales.

Tesis 3: Las prácticas que implican un riesgo de transmisión de enfermedades sexuales son mucho más generalizadas de lo que comúnmente se piensa.

¿Cómo realizar estudios confiables sobre una conducta que, por lo común, es privada y reservada? Esta vez la biología la epidemiología se alían para entregar, si no una cuantificación científicamente precisa, al menos una aproximación a la magnitud de dicho fenómeno. En efecto, la ciencia nos dice que la probabilidad de contraer SIDA en un solo acto sexual es bastante baja (generalmente no se divulga este hecho para que las personas – sobre todo las de grupos de riesgo – no se confíen). Por otra parte, las estadísticas revelan que el contagio de VIH está muy difundido, alcanzando en algunos países africanos a un significativo porcentaje de la población. Se puede concluir, lógicamente, que la “tasa de promiscuidad” es muy elevada.

Tiempo atrás, quienquiera que hubiese intentado probar tesis como las mencionadas o siquiera avanzar en su estudio, habría encontrado insalvables barreras metodológicas y éticas. El hecho es que los progresos tecnológicos, la asombrosa disponibilidad de datos que éstos permiten, más algunos fenómenos naturales, así como nuevas tendencias sociales han ofrecido ciertas respuestas o, al menos, algunas pistas significativas, que hace no tanto tiempo hubieran parecido inaccesibles.

En la mayoría de los casos, las conjeturas que de este modo se prueban o refuerzan apuntan a zonas bastante sombrías de nuestra común condición humana.

No cabe esperar que la tecnología arroje una luz definitiva sobre la extensión de todas nuestras miserias. Ni tampoco que nos ayude a superar nuestras más penosas impotencias (aunque es probable que sí termine por salvarnos de nuestra probada incapacidad de conciliar debidamente la libertad de expresión y una genuina pluralidad de medios de comunicación masiva).

Lo que estos involuntarios experimentos sociales tienden a confirmar es la intuición de que todo progreso ético consiste en erigir defensas (institucionales, éticas, educacionales…) en contra de nuestras más infortunadas tendencias.

LA UNIVERSIDAD DE CHILE EN LA ENCRUCIJADA


Comienzo, en aras de la transparencia, con dos declaraciones: Soy profesor de la Universidad de Chile, en la cual me formé como abogado. Apoyé la re-elección del Rector Víctor Pérez.

Dicho esto, entro en materia:

La Universidad de Chile tiene un largo historial de excelencia y de servicio público desde su fundación, en 1842. Todavía es considerada en los rankings internacionales como la primera universidad del país y una de las mejores de América latina. Cierto, la Universidad Católica atrae más alumnos de elevados puntajes a la mayoría de las carreras tradicionales que ofrece (exceptuada, entre otras, Derecho); no obstante, en cuanto a diversidad de su alumnado, apertura crítica e investigación académica, la U. de Chile aún es líder.

Sin embargo, los tiempos cambian velozmente y la respuesta de la Universidad de Chile a nuevos y grandes desafíos ha sido tardía y patentemente insuficiente. En mi opinión (de la cual discrepan muchos de mis colegas profesores) los problemas cruciales son dos. El primero tiene que ver con la forma de gobierno de nuestra principal casa de estudios. En efecto, los profesores eligen a las autoridades universitarias. Es claro que muchos académicos trabajan denodadamente y con creatividad, exigidos por su propia pasión hacia el saber y el educar. Pero, siendo la condición humana lo que es, la mayoría tiende a preservar el statu quo, lo que significa rendimientos bajos, evaluaciones inoperantes e inamovilidad. El segundo problema grave, relacionado con el anterior, es la rigidez de las normas y prácticas universitarias, las cuales restringen severamente la posibilidad de crear incentivos para el buen desempeño.

¿Suena familiar? De modo muchísimo más grave, pero respondiendo a parecidos mecanismos de estancamiento, es lo que sucede en la educación escolar pública.

Dada esta situación, creo que la U. de Chile aún se sitúa por encima de las demás universidades del país, pero la nariz del avión, por decirlo así, apunta hacia abajo, a diferencia de algunas de las otras, que van ascendiendo, poco a poco.

Pienso (aunque, desde luego, no hablo por él) que el Rector Pérez entiende bien esta situación. Cuando fue elegido por primera vez, en 2006, venía precedido de su reputación como el gestor de notables innovaciones en el Departamento de Ingeniería Industrial. En la Rectoría, sin embargo, se vio entrampado por todo el ramaje de normas y procedimientos obsoletos de la Universidad y por una compleja estructura de Facultades muy difícil de coordinar. Más encima, para el mundo político la Universidad de Chile no entra en la agenda de prioridades, a menos que haya alguna emergencia mayor.

¿Qué Víctor Pérez pudo haber quebrado más lanzas? Quizás. ¿Qué trató de evitar conflictos que en definitiva eran inevitables? Puede ser. En todo caso, me parece que él tiene una visión clara sobre la Universidad y podría, en un segundo período y con menos restricciones, jugarse por reformas de fondo.

Dicha iniciativa debe partir por lo primero: crear suficiente conciencia en la opinión pública y el mundo político, de la necesidad de una re-estructuración mayor de la Universidad de Chile. El gobierno universitario debiera descansar en un órgano autónomo de excelencia, ampliamente representativo de las corrientes sociales, académicas y morales del país, y elegido por procedimientos públicos intachables. Este órgano debiera designar al Rector, luego de un proceso de búsqueda riguroso y transparente. Ello es posible; en los últimos veinte años, Chile ha dado repetidas muestras que para “temas de país” se pueden formar grupos y comisiones transversales que abordan su misión de modo elevado y consiguen llegar a acuerdos. Además, otras estructuras y normas anticuadas de la universidad debieran modernizarse.

Colocar la necesidad de una reforma mayor de la Universidad de Chile en la pantalla de prioridades públicas es arduo. La tan requerida renovación no llegará por
amable condescendencia de quienes (de buena fe, probablemente, porque no advierten los signos de los tiempos), tienen taponada toda posibilidad de cambio mayor. Quizás será necesaria una movilización estudiantil para respaldar transformaciones de fondo en la universidad. Contrariamente a los temores que suscita la expresión “movilización estudiantil”, algunas de las que ha habido en nuestra historia han sido firmes pero responsables. A veces no queda otra alternativa.