lunes, 7 de febrero de 2011

CRISIS ANUNCIADAS


Hoy no vivimos un tiempo de grandes crisis como nación. Debiera, por ello, ser un momento más propicio para considerar nuestro futuro. Con ese fin, es conveniente comenzar por recordar algunas enseñanzas que la historia nos ha (o debiera haber) inculcado:

No todo cambio significa progreso, pero todo verdadero progreso ha tenido su origen en algún giro radicalmente novedoso y sorpresivo, el cual ha sido, en un comienzo, fuertemente resistido.

Abrazar irreflexivamente todo cambio de fondo supone, la mayoría de las veces, saltar al vacío y arriesgar grandes pérdidas. Rechazarlos instintivamente implica cerrarse a la posibilidad de progreso. He ahí el meollo de los principales conflictos ideológicos y generacionales de todos los tiempos.

La actitud de apertura crítica hacia los cambios, sin rechazarlos de partida ni tampoco correr a aceptarlos, es indispensable y, a la vez, muy infrecuente. El temor a los cambios deriva del más poderoso de los impulsos inscrito en los genes de los seres vivos: el de conservación. Cuando se ha alcanzado un cierto equilibrio en las condiciones personales y grupales de seguridad y supervivencia, toda alteración mayor conlleva incertidumbre o la perspectiva de pagar un alto costo. Por tanto, suele ser instintivamente resistida.

Entonces, por definición, quienes proponen o impulsan grandes cambios son quienes buscan construir su propio nicho de identidad, realización y seguridad, en oposición a lo ya consagrado, que no les deja espacio. Se trata de jóvenes, de edad o de espíritu. Lo más frecuente, también, es que una vez que han alcanzado el éxito (si lo logran) se vuelvan renuentes a aceptar otras innovaciones.

El ejemplo más clásico de oposición al cambio inevitable es el movimiento llamado Ludita, que surgió en Inglaterra con el desarrollo de la producción industrial. Se fundaba en una oposición violenta a las máquinas y una nostalgia por la época de producción artesanal. Como un eco distante de aquello, en las últimas décadas ha habido incontables personas y empresas que rehusaron adaptarse a la revolución tecnológica binaria hasta que fue demasiado tarde.

Otra faceta de la resistencia a tomar decisiones que suponen grandes cambios o enfrentar muy elevados costos es la tendencia a postergar lo inevitable hasta que una trágica crisis toma la decisión en vez de nosotros. Dos ejemplos, uno tomado de la historia mundial contemporánea y otro de nuestro pasado reciente, ilustran este punto:

La renuencia de los poderes occidentales a detener a Hitler, cuando aún se estaba a tiempo, tenía su raíz en el temor al enorme costo que suponía entrar nuevamente a un conflicto bélico; en los hechos, la Segunda Guerra Mundial se desató de todos modos, dejando un saldo de destrucción y sangre cien veces peor que el más terrible de los escenarios que se buscaba, en vano, evitar.

Una parálisis política muy distinta, pero fundada en parecida imposibilidad de tomar decisiones difíciles, inmovilizó al Gobierno de Allende, de cara a un drama de final anunciado.

Hoy en nuestro país no se divisan, en el horizonte próximo, nubes agoreras de un inminente desastre. Sin embargo, no es demasiado temprano para anticipar que la desigualdad de oportunidades y la exclusión social que ésta genera, irán resquebrajando cada vez más nuestra convivencia.

Todo el mundo concuerda que una de las principales herramientas para enfrentar tal exclusión social es una educación de calidad para todos (esto vale también para la necesaria reforma del sistema universitario público y privado). El obstáculo es que alcanzar esa meta supone elevadísimos costos, decisiones muy de fondo y una voluntad nacional y política de mantener el curso de acción por un período de tiempo mucho más extenso que los plazos del calendario electoral. Por tanto, la tendencia es a dejarnos estar hasta que los hechos nos sacudan de arriba abajo.

Una conducción política superior podría, quizás, movilizar la voluntad nacional. La historia, lamentablemente, nos muestra que los pocos liderazgos que han logrado galvanizar la voluntad de toda una nación, se produjeron cuando ya había una crisis desatada y era preciso prometer al pueblo no miel y hojuelas, sino sangre, sudor y lágrimas. En tiempos más “normales”, convencer a la gente de hacer grandes esfuerzos y sacrificios para alcanzar un objetivo o para evitar desastres que no se dibujan claramente en el escenario futuro es tarea sobrehumana. Pero no por ello menos necesaria.

LA MARCA "CHILE"


La política exterior de Chile ha sido cautelosa; muy cautelosa. Ello tiene que ver con la auto-percepción de nuestra imagen como país. Por ejemplo, sentimos que nuestros vecinos de América latina nos ven como al mateo del curso: nos reconocen méritos pero no les caemos muy bien. Por tanto, es mejor pasar desapercibidos (o más bien hacernos notar como recatados), manteniendo el apego a la legalidad internacional, participando en todas las iniciativas regionales, dialogando y cuidándonos de no pisar callos.

Esta actitud, correcta o no, subestima nuestro capital simbólico que es desproporcionadamente alto si se considera nuestro modesto peso geopolítico. Por muchas décadas, Chile ha sido uno de los países favoritos de economistas y cientistas sociales del mundo, debido a los innovadores (y a veces trágicos) experimentos políticos y económicos que hemos ensayado.

Años atrás apareció en Estados Unidos un artículo sobre “Los Estados-marca”, que destacaba la importancia que tenía para los países el que fueran identificados internacionalmente por ciertos rasgos simbólicos. Por ejemplo, Finlandia se percibe como una nación pequeña de excelente educación pública, alta tecnología y nula corrupción. Noruega, como un país rico en recursos, prudente en su política fiscal y promotor de la paz en el mundo. Costa Rica, como una sede jurídica para las Américas, preocupada, además, del medio ambiente.

¿Y la imagen de Chile? Recuerdo tres ejemplos de intentos publicitarios que trataron de reflejarla: el témpano de hielo que exhibimos en la Exposición Internacional de Sevilla, en 1992; el fallido slogan “All ways surprising” que intentaba promocionar a nuestro país mediante un juego de palabras entre “siempre sorprendente” y “sorprendente de muchas maneras”, que no funciona bien en inglés; y la idea que circuló por un tiempo el año 2010 de “do it the Chilean way”, tratando de aprovechar nuestra súbita notoriedad mundial por el exitoso rescate de los 33 mineros.

El primero de esos ejemplos enfatizaba tanto las bellezas naturales del extremo sur del país, como el carácter “no-tropical” del hielo y la proeza técnica de remolcar un témpano a través de los mares. Se supone que el segundo quería destacar el carácter único de la naturaleza y la gente de Chile, en sus distintas facetas. El tercero apuntaba a nuestra condición de súper maestro chasquilla, capaz de hallar soluciones que avergonzarían al más ducho de los técnicos. Este último lema era un tanto arrogante y quizás por eso se desechó. Se supone que la jactancia no es un Chilean way, aunque sea difícil mantener esa suposición de cara al desplante de nuestros nuevos empresarios.

Creo que la marca Chile se reconoce en el exterior (por parte de quienes nos ubican en el mapa). Las ideas matrices serían: variada naturaleza; legalidad; un país “serio” institucional y financieramente, lo que nos distingue en nuestra región; rico patrimonio literario; gente circunspecta (algunos dirían un tanto hipócrita) pero, en definitiva, acogedora… Los más informados conocerán también algunas de nuestras muchas falencias.

Lo más que podemos hacer es eventualmente trabajar bien la imagen que ya existe y que no anda muy descaminada. A veces nos sorprenden desde el extranjero con características inesperadas, como la reciente recomendación del New York Times que propone a Santiago como destino turístico top del 2011. Los santiaguinos reaccionamos con incredulidad.

El secreto de cultivar una marca reside en recordar que la humildad es andar en verdad: ni pecar de vanidoso, ni caer en la falsa modestia. Y tener claro también que una “marca-país” no se agota en el truco publicitario o en el slogan, sino que es un método para reconocer dónde tenemos puesta la vara y para elevarla aún más.

¿OTRAS ESPECIES HUMANAS?


En enero del año 2000 tuve el privilegio de conversar con el Dr. Meselson, un renombrado biólogo de la Universidad de Harvard.. En ese encuentro me dijo que había tres principios ineluctables sobre nuevos inventos o descubrimientos, sean estos referidos al poderío nuclear, la genética u otro campo: (i) una vez inventados ya no se pueden desinventar; (ii) si una persona, grupo o entidad se interesa por emplearlos, más tarde o más temprano se usarán; (iii) cada vez se volverán más baratos y accesibles.

Todo esto lo dijo a propósito de la posibilidad de que, mediante ingeniería genética, en el curso de medio siglo o incluso menos, un determinado grupo racial, social o de otro tipo, llegara a obtener que los individuos de ese grupo solamente pudieran cruzarse entre ellos, de modo que terminarían por formar algo así como una sub-especie aparte.

¿Ciencia ficción? Tiempo atrás se podría haber considerado una mera fantasía. Sin embargo, con el avance vertiginoso de la tecnología, las nuevas generaciones (y las no tan nuevas) perciben que todo es posible y en un futuro no demasiado distante. Aún recuerdo que en los años setenta yo acostumbraba a decir algo que ya se veía como inminente y no era nada difícil de vislumbrar: que en pocos años más habría un computador en cada casa. Muchos amigos que consideraban esa posibilidad como inhumana hoy no se desprenden ni por un segundo de su blackberry o su i-pad. En otro plano, hoy en día, cuando el fin del predominio de los libros y otros textos impresos en ámbito de la palabra escrita es inminente, hay muchos que se aferran al formato, textura e incluso el olor del papel. No sé si el cambio del pergamino al libro produjo en su momento una zozobra equivalente, pero lo creo probable.

Regresando a los temores del Dr. Meselson, hay que decir que ya muchos otros científicos venían considerando que los cambios tecnológicos podían llegar a generar una especie humana tan distinta a la que conocemos desde la invención de la escritura, que no sabríamos reconocer esa humanidad que estará formada por los nietos de nuestros nietos y ellos no podrían identificarse el pasado que para entonces nosotros seremos. ¿Qué cambios tecnológicos? Aquellos que pueden incidir en lo que, hasta donde sabemos, define nuestra condición humana: la extrema longevidad o cuasi-inmortalidad que sustituiría a nuestra conciencia actual de mortalidad; la expansión ilimitada de nuestro potencial mental mediante una simbiosis entre sistema nervioso y computación y un cambio fundamental en las grandes coordenadas del placer y el dolor.

Lo que Meselson agregó a esa intuición sobre probables cambios fundamentales en la condición humana, es la posibilidad de que ello ocurra segmentadamente, para ciertos grupos humanos, los cuales cerrarían la puerta tras de sí, luego de haberse trasladado a otro plano de humanidad.

¿Qué hoy parece demasiado tenebroso como para pensar en ello? Sí; pero consideremos que si se hubiera hablado, a comienzos del siglo pasado, del control de la natalidad, la fertilización in vitro o la clonación (sin mencionar las armas nucleares) todos hubieran dicho que era tan inconcebible e inhumano que no cabía ni siquiera imaginárselo.

Y ante esta perspectiva, ¿hay algo que se pueda hacer? No mucho. Uno podría plantear la vigencia de ciertos principios éticos, en cualquier circunstancia, pero estas normas serían extremadamente generales: consideración y respeto por todo ser viviente y poco más. Y en todo caso ello estaría sujeto a la determinación de quienes tomarían el control.

¿Pesimista? Quizás, aunque siempre me consideré más bien optimista. No será el fin de la historia, pero sí de un muy magno capítulo. ¿Buscar refugio en la religión? Un columnista chileno escribió una vez algo que parece arrogante, pero no lo estimo así: ese tipo de consuelo se paga a un precio muy alto; el de la lucidez.

domingo, 24 de octubre de 2010

LOS MINEROS Y LA EXPLOTACION PUBLICITARIA


GEOTEC, la sociedad comercial dueña de la perforadora que alcanzó el refugio donde están los mineros, les envió camisetas con el nombre de la empresa para que se las pusieran al momento en que llegara de la sonda. Los mineros lo hicieron, asumiendo, supongo, en su aflictiva situación, que hay que seguir toda instrucción que viene de la superficie. El gobierno se enfureció al ver la grabación y la censuró.

¿Qué reflexiones provocan este y otros intentos de explotar publicitariamente el rescate?

1. Es cierto que la publicidad es inseparable de la vida y la economía modernas. La divulgación de productos y servicios puede ser, a menudo, engañosa, pero, en sí misma, es una función necesaria y permite, además, financiar los medios masivos de comunicación.

2. Interesa a las empresas asociar su imagen corporativa o su marca con valores positivos a los ojos de la comunidad. El objetivo final es siempre maximizar las ganancias (lo que es natural), para lo cual les conviene que el público consumidor tenga una imagen favorable de ella. Esto se puede hacer de una manera general y sutil – y más aceptable para el público – o de un modo más burdo. Ejemplo de lo primero son el financiamiento de las artes o de programas de educación o de salud que emprenden diversas empresas.

3. El camino más grosero consiste en solventar actividades de bien público, pero concebidas desde la división de marketing de la respectiva empresa, para intentar promover un producto, bajo el disfraz de filantropía, o bien para intentar contrarrestar el carácter nocivo del mismo. Por ejemplo, una marca de cigarrillos que financia un evento deportivo o una empresa que patrocina un concurso de arte, exigiendo que los artistas generen obras relacionadas con alguno de sus productos.

4. A veces, el mal gusto alcanza niveles de profanación. Es lo que ha sucedido en los últimos años, alrededor de la Navidad, cuando se ha instalado frente a La Moneda un árbol de pascua gigante cuyos adornos son símbolos de la Coca-Cola. Es también lo que acaba de intentar GEOTEC, buscando publicidad fácil en torno a una de las escasas ocasiones en que la vida moderna nos permite acudir a lo que nos queda de altruismo, solidaridad y esperanza.

5. Pregunta: ¿No hay también un aprovechamiento de una causa noble por parte de las empresas que patrocinan la Teletón a cambio de que sus productos sean vinculados oficialmente a esta campaña? Creo que sí, pero la sociedad se ha resignado al hecho que, de no mediar esta forma de publicidad, los niños discapacitados contarían con menos ayuda.

6. Segunda pregunta: ¿No aprovecha también el gobierno la publicidad del rescate de los mineros? Sí, aunque ésta puede ser una consecuencia inevitable (sin perjuicio de que sea también manipulada para maximizar sus efectos) del cumplimiento de su deber. Lo que resultaría menos aceptable sería que se subordinaran aspectos importantes de la operación de rescate con el fin de destacar el protagonismo del Presidente o de otras figuras políticas. Además, es reprobable que no se haya respetado la privacidad de la vida de los mineros y sus familias o de sus comunicaciones personales.

7. Tercera pregunta: ¿También los medios masivos de comunicación lucran con el rating de esta ultra-noticiosa situación? Sí, tanto los medios nacionales como los extranjeros. Sin embargo, al igual que sucede con las autoridades políticas, ello es una consecuencia inevitable del cumplimiento de su misión. Por lo mismo, sería similarmente reprochable que pasaran por encima de consideraciones básicas de ética periodística.

8. Ultima pregunta: ¿No se está legitimando este afán de explotar publicitariamente (y, por tanto, económicamente) este drama, mediante los consejos anticipados que todo el mundo entrega a los mineros de sacar el mayor partido posible de sus historias, una vez rescatados? En parte, sí. No obstante, sería de un moralismo discriminador y prepotente pedirles que sus penurias alimenten los bolsillos de tantos otros y no redunden en ningún beneficio propio.

lunes, 11 de octubre de 2010

200 AÑOS: DOS GRANDES TAREAS PENDIENTES


Los sistemas políticos nacen, viven, mueren y renacen. Chile nació con un declarado ideario republicano. En el curso de su laboriosa vida independiente, la convivencia nacional se ha quebrado radicalmente en dos momentos. Hoy, luego de la última refundación, el país procura realizar las tareas incumplidas.

La emergencia de un nuevo Estado, suele ocurrir en un tiempo concentrado (en Chile, aproximadamente, entre 1810 y 1833). Esos períodos poseen gran valor simbólico para futuras generaciones. Se diría que en ellos se elabora el software ético y político de una nación, el cual se va actualizando, a lo largo de las décadas y los siglos, aunque siempre marcado por su configuración inicial.

Desde luego, los nuevos Estados no brotan de la nada. En Chile, tanto las raíces precolombinas como el peso de la herencia hispana contribuyeron a moldear la nación que hemos sido. Con todo, el período fundacional de un nuevo país le da a una comunidad nacional un nítido sello de identidad y sentido.

Chile nació durante el auge de los ideales liberales forjados en el siglo XVIII. Ellos definieron nuestra “hoja de ruta”. Sus nociones centrales son la igual dignidad y derechos de toda persona y la voluntad popular como base de la legitimidad del poder. Este ideario implica que el sentido de una sociedad política es maximizar los beneficios de la cooperación, en un clima de seguridad que les permita a todos desenvolverse autónomamente, sobre una base de igualdad de oportunidades.

Durante dos siglos, la historia de los países americanos ha estado marcada por el intento trabajoso de concretar tales principios, o, con más frecuencia, por el afán de pretender que se avanza en esa dirección, cuando la realidad muestra estancamientos o retrocesos. Chile ha sido una excepción relativa a esta última tendencia.

Las primeras conquistas igualitarias republicano-liberales fueron la abolición legal de la sociedad de clases privilegiadas y de la esclavitud. También se inició un largo proceso, hoy todavía inconcluso, de erradicación de las discriminaciones (principalmente, las que se basan en la religión, raza o género). El camino no ha sido llano. En Chile, las declaraciones iniciales de igualdad legal no se han materializado plenamente en la práctica. Aunque con el tiempo se superaron algunas formas extremas de servidumbre y sometimiento, subsiste la marginación o exclusión social de sectores de la población.

Hacia la segunda mitad del siglo XIX, se hizo claro, en todo Occidente, que las igualdades legales, frutos de la primera oleada de pensamiento liberal, eran fundamentales pero no suficientes. Frente a la dramática desigualdad de hecho que sufrían los pobres, fue cobrando fuerza la alternativa de transformar revolucionariamente la sociedad. A partir de entonces y hasta el fin de la Guerra Fría, 140 años más tarde, la lucha por la hegemonía política nacional y mundial tomó la forma de grandes pugnas ideológicas.

De este tipo conflictos políticos ha estado plagada la vida de las sociedades modernas. Sin embargo, cuando se extreman, pueden provocar la muerte de un sistema político, la que frecuentemente va acompañada de grandes atrocidades. Ello sucedió en Chile en 1891 y en 1973.

En décadas recientes, luego de la última refundación de nuestro país, ha habido nuevos avances hacia los ideales fundacionales. Las nociones de democracia, derechos humanos e igualdad de oportunidades concitan gran aprobación, al menos retóricamente. Hay mayor espacio para el emprendimiento. La sociedad civil ha cobrado más protagonismo, lo que es clave para hacer realidad el principio democrático de la soberanía popular. Ha ganado terreno la idea de que tenemos derechos pero también responsabilidades: debemos, a la vez, contar con medidas de solidaridad social y valernos por nosotros mismos, en toda la medida de lo posible.

Hoy subsisten dos grandes desafíos. El primero es alcanzar una situación de efectiva inclusión social que provea igualdad de oportunidades para todos, superando la discriminación y la marginación que sufren sectores del país. El segundo reto es la modernización del Estado y la sociedad, junto con desarrollar una capacidad de constante adaptación a las exigencias de los tiempos.

Abordar estas tareas exige superar algunos lastres que continúan dividiéndonos. Cincuenta años atrás, Chile estaba escindido, ideológicamente, en tres tercios irreconciliables. Actualmente, tales extremas diferencias parecen superadas, pero existen otras grietas no tan claramente visibles: Por una parte, hay quienes no están dispuestos a ceder ni un ápice de sus privilegios en pro de construir una sociedad justa y sostenible. Por otra, hay quienes prefieren esperar todo del Estado. Para realizar el ideal republicano inscrito en nuestra acta de nacimiento como país, se requiere que pueda prevalecer, en el largo plazo, una tercera actitud: la de quienes advierten que el emprendimiento es la savia de una sociedad, pero que la inclusión y la justicia social son sus raíces y tronco.

domingo, 1 de agosto de 2010

CALIDAD DEL PERIODISMO


Es sabido que la libre expresión es la madre de las libertades en una sociedad democrática. Se sabe también que los medios de comunicación de masas son el vehículo privilegiado para ejercer dicha libertad. Por tanto, es esencial, para la salud de la sociedad moderna, que los medios publiquen debidamente informaciones, opiniones e ideas (además, naturalmente, de tener espacio para el entretenimiento y la publicidad).

¿Debidamente? ¿Quiere decir esto que la prensa debe ser veraz? Por supuesto, es altamente deseable que lo sea, pero ello no se puede imponer por ley. Antaño, un viejo profesor nos explicaba que es posible transitar, en sólo dos pasos conceptuales, todo el trecho que separa la libertad de la peor censura. Punto de partida: "¡Viva la libertad de expresión!". Paso 2: "La libertad, claro está, al servicio de la verdad". Paso 3: "La verdad, desde luego, calificada por la autoridad".

Las falsedades sobre hechos que nos atañen personalmente, deben ser, por cierto, reparables. Una persona erróneamente aludida, tiene derecho a rectificación o respuesta en el mismo medio. El punto es el de la verdad sobre noticias de interés público y, más importante aún, sobre la interpretación de éstas. Acerca de ello no es posible imponer un estándar determinado. La única solución consiste en que haya acceso a tantos y tan diversos medios de comunicación, que los lectores, auditores o televidentes puedan formarse su propia opinión. Además, tal diversidad fuerza a los medios a auto-regularse; de lo contrario perderían credibilidad y público (y, como consecuencia, viabilidad económica).

Otro punto crucial es el del respeto a ciertos estándares básicos, por parte de los profesionales de la prensa. Naturalmente, los medios de comunicación tienen su orientación editorial. Por ejemplo, todo el mundo informado sabe que el New York Times es liberal y el Wall Street Journal, conservador; y que Le Monde Diplomatique en español está más a la izquierda que su versión en francés. Lo medular no es que tengan una línea determinada; el problema se presenta cuando esa línea influye también en aspectos más netamente técnicos o profesionales como los titulares, la forma de presentar las estadísticas, la compaginación, la selección de las fotos…

Y acerca de esto ¿cómo andamos por casa? En la prensa escrita chilena, como se sabe, hay un duopolio. Esto genera una cierta variedad y competencia, pero muy insuficiente. En la Televisión abierta, existen unos cuántos canales. Sólo en la radio es posible hallar más diversidad; o bien en los todavía incipientes (aunque velozmente cambiantes) medios digitales.

En un medio masivo no puede pretenderse que cada periodista tenga plena autonomía editorial. Sin embargo, en los mejores periódicos de países con larga tradición democrática, es común que la dirección del diario, esto es, la planta profesional, sea bastante autónoma respecto de sus dueños. Por supuesto, éstos designarán a un director más o menos afín con su propia línea política, ideológica o valórica. Pero los propietarios no intervienen en el día a día del trabajo periodístico. Tal autonomía relativa es bastante desconocida en los diarios chilenos, aunque en alguno se comience a insinuar más que en otro.

Tanto o más grave es la manipulación de la presentación de las noticias, de acuerdo a las preferencias políticas del medio. Un solo botón de muestra: Bajo la presidencia anterior, cierto día, un importante diario santiaguino dedicó su titular de portada al hecho que un enfermo mental había quemado una imagen religiosa en la catedral. En la misma edición se consignaba, en páginas interiores, la noticia de una redada policial que condujo a la captura de centenares de delincuentes. Si estos sucesos se hubiesen producido hoy en día ¿cuál habría sido el principal titular?

lunes, 5 de julio de 2010

¿DECANO DURO DE MATAR O STATU QUO DURO DE CAMBIAR?


José Rodríguez Elizondo ha escrito una columna en la Tercera del Domingo 13 de junio, titulada “Decano Duro de Matar”. Respeto a José como columnista y académico. Sin embargo, en la polarización en que se halla la Facultad de Derecho de la U. de Chile, estamos en posiciones contrarias. El valora la gestión pasada del Decano Nahum, recientemente reelegido, luego de su renuncia, el año pasado. Yo tengo una opinión distinta.

A mi juicio:

1. La Universidad de Chile declina, lenta pero perceptiblemente. La Facultad de Derecho, quizás su órgano académico más emblemático, también.

2. En su anterior decanato, el prof. Nahum mostró una entrega total a la gestión universitaria. No obstante, su dirección fue autárquica, clientelar e ineficaz. Autárquica, porque tomaba la mayoría de las decisiones por sí y ante sí. Clientelar, porque prometía o hacía favores a cambio de apoyo. Ineficaz, porque si bien construyó nuevas y valiosas instalaciones, no llevó adelante urgentes reformas académicas.

3. Los hechos son preocupantes. Poco más de un 60% de los académicos de la Facultad tiene derecho a voto (el resto está “a honorarios”) y entre los que votan, muchos no han desarrollado actividad universitaria desde hace años. La modernización de la Facultad languidece.

4. La toma de los estudiantes de 2009, que culminó con la renuncia de Nahum, se centraba en estas quejas. Tales agravios eran compartidos por muchos profesores. Por ese entonces, se reveló, además, que el decano Nahum había publicado como suyo un libro idéntico a una memoria de un alumno suyo, que estaba basada en los apuntes que éste tomó de sus clases. En el libro no había mención alguna al trabajo de ordenación y redacción del estudiante. A todas luces esa publicación buscaba cumplir con requisitos exigidos por la U. de Chile para que un profesor llegue a la jerarquía de titular y postular al cargo de decano. Aunque soy titular, me parece absurdo exigir esa calidad para poder ser decano. Cualquier profesor de menor jerarquía que estuviera calificado para la gestión universitaria podría serlo, como ocurre en grandes universidades. Sin embargo, al presentar el libro como de su autoría, lo que el decano Nahum hizo, con el propósito – no lo niego – de poder servir a la Universidad del modo que él lo sentía, fue incorrecto, no un mero “viejo error” como lo califica José Rodríguez Elizondo. En todo caso, si bien la prensa de entonces se concentró en ese hecho, no era ésta la principal causa de la toma.

5. Los partidarios del profesor Nahum plantean otras objeciones: que la toma estudiantil fue una inaceptable medida de fuerza y que la mayoría democrática del claustro apoya al decano. Ambas deben ser respondidas:

6. La toma fue conducida de manera responsable, lo que no le quita su carácter de medida de suma presión. ¿Había otra alternativa o se trataba de un recurso extremo de cara a una situación de seria amenaza al futuro de la Facultad frente a la cual se cerraban las puertas, no se oía a los agraviados y nada cambiaba?

7. Sobre la democracia en la Facultad de Derecho se puede decir lo siguiente: (a) El padrón electoral es poco representativo y amañado. (b) Esa es la legalidad formal de la Facultad. (c) Sin embargo, legalidad no significa legitimidad y, aunque lo significara, legitimidad de origen no es equivalente a legitimidad de ejercicio (esta última distinción puede abrir varias cajas de Pandora; no por ello deja de ser relevante).

8. Aquellos que apoyaron a Nahum en su reciente victoria electoral al decanato podrían decir que quienes se opusieron a él jugaron con esas reglas del juego y perdieron. Y tendrían razón. Las autoridades interinas del último año pudieron y debieron hacer más para que el claustro de la Facultad fuera realmente representativo de sus académicos activos.

9. ¿Y ahora qué? Los sectores que estuvieron en pugna no representan posiciones políticas. En ambos hay personas de distintas convicciones. Se trata de un conflicto sobre el futuro de la Facultad de Derecho, por una parte; y, por otra, un diferendo entre quienes consideran que el decanato de Nahum tuvo grandes falencias y otros que piensan que hubo un intento injusto de los opositores del decano de tratar de imponer sus posiciones por la fuerza. Roberto Nahum ha declarado que quiere recomponer la “amistad cívica” y sus partidarios han dicho que corregirá las fallas de su anterior decanato. Esperemos que sea así.