jueves, 21 de abril de 2011

LOS ABUSOS SEXUALES Y EL CELIBATO


Regreso al tema de los abusos sexuales del clero, un año después de mi último blog sobre este problema, porque han pasado muchas cosas desde entonces: nuevas relevaciones, insostenibles actitudes de negación por parte de líderes religiosos y una significativa evolución de la opinión pública. Trataré de razonar a partir del sentido común, el cual no siempre es una guía certera pero al menos nos ayuda a plantearnos preguntas relevantes.

Para empezar digamos que el peligro de enfrentar ciertas verdades no reside en reconocer los hechos mismos sino en lo que decidimos como sociedad sobre la base de tales hechos. Por ejemplo, sabemos que los varones no pueden parir ni amamantar y que las mujeres tienen, en promedio, un rendimiento atlético algo menor que los hombres. Negar esas y otras diferencias es absurdo. El punto es qué hacemos a partir de tales comprobaciones. Valerse de ellas para discriminar arbitrariamente no sólo no tiene sentido lógico sino que es moralmente condenable. De modo parecido examinar qué pueda tener que ver el celibato o la homosexualidad con los abusos sexuales que se han hecho públicos, no significa que se propicie una actitud de prejuicio en contra de éste o aquélla.

Es una realidad que en tiempos recientes la sociedad ha evolucionado hacia una mayor aceptación de la diversidad sexual. Sin embargo, quizás por un comprensible temor de que pudiera haber un retroceso en esta materia, a veces se afirman conclusiones no comprobadas. Por ejemplo, se dice que no hay relación alguna entre la pederastia y la homosexualidad. Bien puede ser así, pero no lo sabemos a ciencia cierta. Lo que sí creo, como una hipótesis tentativa que podría ser refutada, es que el impulso pederasta es más frecuente entre los varones que entre las mujeres porque, en general, los hombres, sean heterosexuales u homosexuales, se sienten atraídos con más fuerza hacia potenciales parejas jóvenes.

Vamos, entonces, al grano. Estos son algunos puntos sobre celibato sacerdotal y abusos sexuales contra menores que merecen mayor investigación pero respecto de los cuales el sentido común nos entrega indicios preliminares:

1. Probablemente el impulso sexual puede ser contenido o "sublimado" por muchas personas, pero lo común es que ello no se pueda lograr, o bien que se consiga a costa de serias consecuencias psicológicas o de otro tipo.

2. Tradicionalmente, la Iglesia Católica y la sociedad han escogido ignorar que en todo tiempo y lugar existe un porcentaje de la población de orientación homosexual. Este tabú homofóbico ha estimulado a muchas personas homosexuales a ingresar al sacerdocio, sea con el afán de evitar una hostilidad social o bien como un intento de vivir una vida de castidad. En los hechos, por tanto, ha habido un porcentaje mayor de personas de orientación homosexual en la iglesia que en la población en general (algo parecido ha sucedido en ciertas ocupaciones que dan la posibilidad de vivir una vida protegida del escrutinio social del propio país o ciudad).

3. En las reglas de la Iglesia, la educación y atención espiritual de los niños está a cargo, principalmente, de religiosos; y de la de las niñas, en manos de religiosas.

4. Todos los hechos anteriores, que incluso reconoce, en una reciente entrevista, un senador de la Alianza, generan una seria situación sistémica, no sólo individual, porque se coloca a un porcentaje de personas de vida religiosa y orientación homosexual en constante contacto con gente joven del sexo que les resulta atractivo. Por supuesto, también se dan abusos de parte de sacerdotes heterosexuales hacia muchachas que ellos guían espiritualmente, pero las ocasiones de riesgo son objetivamente menos frecuentes.

5. En otras palabras, hay algo en el sistema mismo de celibato que favorece estos problemas que hoy enfrenta la Iglesia. Cuando se informa que sólo en una diócesis (Boston) ha habido 117 sacerdotes implicados en conductas de abuso sexual y se considera que el problema ha salido a luz en innumerables países, involucrando a muchos otros centenares de clérigos, intentar reducirlo a una cuestión de culpas individuales es tratar parar una ola con la mano.

6. Por tanto, la Iglesia debe enfrentar la cuestión del celibato (podía pasar a ser optativo). También debe abrirse realistamente a la posibilidad de tener religiosos o religiosas de una identidad u orientación sexual minoritaria, célibes o no. Si no lo hace pronto (y no se ve probable que lo haga) lo deberá hacer más tarde o más temprano a un costo mayor.

MECHONEOS, CAPOTERAS, PELADILLAS Y MANTEOS


Atravieso el patio de la Escuela de Derecho y lo encuentro poblado de estudiantes entregados a la costumbre anual del mechoneo. En sus modalidades más leves, los nuevos alumnos(as) son parcialmente desvestidos, enharinados, embarrados y mojados por sus condiscípulos(as) más veteranos, o bien sometidos a beber alcohol o ingerir porquerías. Las versiones más rudas llegan a ser ataques francamente delictuales.

¿Cuándo comenzó esta práctica en las universidades? Recuerdo que en mi época de estudiante de derecho, los que ingresábamos a la Escuela nos enfrentábamos en la primera clase con un joven parado frente al pizarrón quien posaba de ayudante del maestro. Este "académico" salía corriendo cuando se aproximaba el verdadero profesor. Al año siguiente, nosotros, ya en segundo año, repetíamos la broma con los novatos. No sé si fuera muy ingenioso pero al menos no era cruel ni denigrante.

Estas "gracias" empezaban ya en el colegio. Por esa época todavía subsistía, aunque en fase de extinción, el manteo, que consiste en elevar a alguien repetidamente por los aires con la ayuda de una manta sujeta por las esquinas. Es una travesura de no muchas consecuencias que tiene siglos de antigüedad (de hecho, en "Don Quijote" se incluye un episodio de manteo de Sancho Panza). Claro que era también una forma de lo que hoy se conoce como bullying, pues se escogía como víctimas a los más vulnerables. Por lo demás, las modalidades más rutinarias del acoso escolar (golpes, burlas, insultos, aislamiento) existían antes como hoy. Puede ser que actualmente sean más frecuentes y graves o quizás en parte esa impresión se explica por una mayor conciencia y preocupación sobre la realidad y efectos del bullying.

Sin embargo, ya entonces eran comunes dos "ritos" escolares violentos. Uno era la capotera: un muchacho doblado en dos recibía repetidas palmadas en la cabeza de parte de un grupo de compañeros que lo rodeaban. En su versión más agresiva, la capotera podía dejar a la víctima semi-inconsciente. El otro era la llamada peladilla, palabra que para la Real Academia de la Lengua denota una especie de almendra confitada, pero que en el ambiente escolar de entonces consistía en un verdadero vejamen sexual, cuyo más característico componente era verter tinta sobre los genitales del afectado.

Por ahí he leído que los estudiantes universitarios del medioevo solían "iniciarse" mediante riñas con armas blancas y que ostentar cicatrices era un signo de veteranía y distinción. Por otra parte, los antropólogos analizan los llamados ritos de iniciación. Algunos se apresuran a darle tal calificativo al mechoneo universitario. Conocidos son también los abusos de los cadetes mayores contra los recién ingresados en las escuelas militares, algo vívidamente narrado en "La Ciudad y los Perros", la primera gran novela de Mario Vargas Llosa.

Así podrá ser o haber sido. Sin embargo, si medimos el progreso de la decencia humana por una paulatina mayor consideración hacia los demás y entendemos lo divertido como una broma que sorprende, entretiene y causa hilaridad, el mechoneo de hoy no califica ni como humanamente decente ni como gracioso.

No es necesario abundar sobre las transgresiones a la mínima decencia que implican estos ritos forzados de sometimiento y humillación. En cuanto al humor, bastaba hoy ver el rostro de los participantes en el patio de la Escuela de Derecho, mecánicamente efectuando las rutinas del mechoneo, como quien hace cola para un trámite burocrático, para convencerse que las víctimas propicias no son solamente los universitarios novatos, sino también el mismo ingenio.

lunes, 7 de febrero de 2011

CRISIS ANUNCIADAS


Hoy no vivimos un tiempo de grandes crisis como nación. Debiera, por ello, ser un momento más propicio para considerar nuestro futuro. Con ese fin, es conveniente comenzar por recordar algunas enseñanzas que la historia nos ha (o debiera haber) inculcado:

No todo cambio significa progreso, pero todo verdadero progreso ha tenido su origen en algún giro radicalmente novedoso y sorpresivo, el cual ha sido, en un comienzo, fuertemente resistido.

Abrazar irreflexivamente todo cambio de fondo supone, la mayoría de las veces, saltar al vacío y arriesgar grandes pérdidas. Rechazarlos instintivamente implica cerrarse a la posibilidad de progreso. He ahí el meollo de los principales conflictos ideológicos y generacionales de todos los tiempos.

La actitud de apertura crítica hacia los cambios, sin rechazarlos de partida ni tampoco correr a aceptarlos, es indispensable y, a la vez, muy infrecuente. El temor a los cambios deriva del más poderoso de los impulsos inscrito en los genes de los seres vivos: el de conservación. Cuando se ha alcanzado un cierto equilibrio en las condiciones personales y grupales de seguridad y supervivencia, toda alteración mayor conlleva incertidumbre o la perspectiva de pagar un alto costo. Por tanto, suele ser instintivamente resistida.

Entonces, por definición, quienes proponen o impulsan grandes cambios son quienes buscan construir su propio nicho de identidad, realización y seguridad, en oposición a lo ya consagrado, que no les deja espacio. Se trata de jóvenes, de edad o de espíritu. Lo más frecuente, también, es que una vez que han alcanzado el éxito (si lo logran) se vuelvan renuentes a aceptar otras innovaciones.

El ejemplo más clásico de oposición al cambio inevitable es el movimiento llamado Ludita, que surgió en Inglaterra con el desarrollo de la producción industrial. Se fundaba en una oposición violenta a las máquinas y una nostalgia por la época de producción artesanal. Como un eco distante de aquello, en las últimas décadas ha habido incontables personas y empresas que rehusaron adaptarse a la revolución tecnológica binaria hasta que fue demasiado tarde.

Otra faceta de la resistencia a tomar decisiones que suponen grandes cambios o enfrentar muy elevados costos es la tendencia a postergar lo inevitable hasta que una trágica crisis toma la decisión en vez de nosotros. Dos ejemplos, uno tomado de la historia mundial contemporánea y otro de nuestro pasado reciente, ilustran este punto:

La renuencia de los poderes occidentales a detener a Hitler, cuando aún se estaba a tiempo, tenía su raíz en el temor al enorme costo que suponía entrar nuevamente a un conflicto bélico; en los hechos, la Segunda Guerra Mundial se desató de todos modos, dejando un saldo de destrucción y sangre cien veces peor que el más terrible de los escenarios que se buscaba, en vano, evitar.

Una parálisis política muy distinta, pero fundada en parecida imposibilidad de tomar decisiones difíciles, inmovilizó al Gobierno de Allende, de cara a un drama de final anunciado.

Hoy en nuestro país no se divisan, en el horizonte próximo, nubes agoreras de un inminente desastre. Sin embargo, no es demasiado temprano para anticipar que la desigualdad de oportunidades y la exclusión social que ésta genera, irán resquebrajando cada vez más nuestra convivencia.

Todo el mundo concuerda que una de las principales herramientas para enfrentar tal exclusión social es una educación de calidad para todos (esto vale también para la necesaria reforma del sistema universitario público y privado). El obstáculo es que alcanzar esa meta supone elevadísimos costos, decisiones muy de fondo y una voluntad nacional y política de mantener el curso de acción por un período de tiempo mucho más extenso que los plazos del calendario electoral. Por tanto, la tendencia es a dejarnos estar hasta que los hechos nos sacudan de arriba abajo.

Una conducción política superior podría, quizás, movilizar la voluntad nacional. La historia, lamentablemente, nos muestra que los pocos liderazgos que han logrado galvanizar la voluntad de toda una nación, se produjeron cuando ya había una crisis desatada y era preciso prometer al pueblo no miel y hojuelas, sino sangre, sudor y lágrimas. En tiempos más “normales”, convencer a la gente de hacer grandes esfuerzos y sacrificios para alcanzar un objetivo o para evitar desastres que no se dibujan claramente en el escenario futuro es tarea sobrehumana. Pero no por ello menos necesaria.

LA MARCA "CHILE"


La política exterior de Chile ha sido cautelosa; muy cautelosa. Ello tiene que ver con la auto-percepción de nuestra imagen como país. Por ejemplo, sentimos que nuestros vecinos de América latina nos ven como al mateo del curso: nos reconocen méritos pero no les caemos muy bien. Por tanto, es mejor pasar desapercibidos (o más bien hacernos notar como recatados), manteniendo el apego a la legalidad internacional, participando en todas las iniciativas regionales, dialogando y cuidándonos de no pisar callos.

Esta actitud, correcta o no, subestima nuestro capital simbólico que es desproporcionadamente alto si se considera nuestro modesto peso geopolítico. Por muchas décadas, Chile ha sido uno de los países favoritos de economistas y cientistas sociales del mundo, debido a los innovadores (y a veces trágicos) experimentos políticos y económicos que hemos ensayado.

Años atrás apareció en Estados Unidos un artículo sobre “Los Estados-marca”, que destacaba la importancia que tenía para los países el que fueran identificados internacionalmente por ciertos rasgos simbólicos. Por ejemplo, Finlandia se percibe como una nación pequeña de excelente educación pública, alta tecnología y nula corrupción. Noruega, como un país rico en recursos, prudente en su política fiscal y promotor de la paz en el mundo. Costa Rica, como una sede jurídica para las Américas, preocupada, además, del medio ambiente.

¿Y la imagen de Chile? Recuerdo tres ejemplos de intentos publicitarios que trataron de reflejarla: el témpano de hielo que exhibimos en la Exposición Internacional de Sevilla, en 1992; el fallido slogan “All ways surprising” que intentaba promocionar a nuestro país mediante un juego de palabras entre “siempre sorprendente” y “sorprendente de muchas maneras”, que no funciona bien en inglés; y la idea que circuló por un tiempo el año 2010 de “do it the Chilean way”, tratando de aprovechar nuestra súbita notoriedad mundial por el exitoso rescate de los 33 mineros.

El primero de esos ejemplos enfatizaba tanto las bellezas naturales del extremo sur del país, como el carácter “no-tropical” del hielo y la proeza técnica de remolcar un témpano a través de los mares. Se supone que el segundo quería destacar el carácter único de la naturaleza y la gente de Chile, en sus distintas facetas. El tercero apuntaba a nuestra condición de súper maestro chasquilla, capaz de hallar soluciones que avergonzarían al más ducho de los técnicos. Este último lema era un tanto arrogante y quizás por eso se desechó. Se supone que la jactancia no es un Chilean way, aunque sea difícil mantener esa suposición de cara al desplante de nuestros nuevos empresarios.

Creo que la marca Chile se reconoce en el exterior (por parte de quienes nos ubican en el mapa). Las ideas matrices serían: variada naturaleza; legalidad; un país “serio” institucional y financieramente, lo que nos distingue en nuestra región; rico patrimonio literario; gente circunspecta (algunos dirían un tanto hipócrita) pero, en definitiva, acogedora… Los más informados conocerán también algunas de nuestras muchas falencias.

Lo más que podemos hacer es eventualmente trabajar bien la imagen que ya existe y que no anda muy descaminada. A veces nos sorprenden desde el extranjero con características inesperadas, como la reciente recomendación del New York Times que propone a Santiago como destino turístico top del 2011. Los santiaguinos reaccionamos con incredulidad.

El secreto de cultivar una marca reside en recordar que la humildad es andar en verdad: ni pecar de vanidoso, ni caer en la falsa modestia. Y tener claro también que una “marca-país” no se agota en el truco publicitario o en el slogan, sino que es un método para reconocer dónde tenemos puesta la vara y para elevarla aún más.

¿OTRAS ESPECIES HUMANAS?


En enero del año 2000 tuve el privilegio de conversar con el Dr. Meselson, un renombrado biólogo de la Universidad de Harvard.. En ese encuentro me dijo que había tres principios ineluctables sobre nuevos inventos o descubrimientos, sean estos referidos al poderío nuclear, la genética u otro campo: (i) una vez inventados ya no se pueden desinventar; (ii) si una persona, grupo o entidad se interesa por emplearlos, más tarde o más temprano se usarán; (iii) cada vez se volverán más baratos y accesibles.

Todo esto lo dijo a propósito de la posibilidad de que, mediante ingeniería genética, en el curso de medio siglo o incluso menos, un determinado grupo racial, social o de otro tipo, llegara a obtener que los individuos de ese grupo solamente pudieran cruzarse entre ellos, de modo que terminarían por formar algo así como una sub-especie aparte.

¿Ciencia ficción? Tiempo atrás se podría haber considerado una mera fantasía. Sin embargo, con el avance vertiginoso de la tecnología, las nuevas generaciones (y las no tan nuevas) perciben que todo es posible y en un futuro no demasiado distante. Aún recuerdo que en los años setenta yo acostumbraba a decir algo que ya se veía como inminente y no era nada difícil de vislumbrar: que en pocos años más habría un computador en cada casa. Muchos amigos que consideraban esa posibilidad como inhumana hoy no se desprenden ni por un segundo de su blackberry o su i-pad. En otro plano, hoy en día, cuando el fin del predominio de los libros y otros textos impresos en ámbito de la palabra escrita es inminente, hay muchos que se aferran al formato, textura e incluso el olor del papel. No sé si el cambio del pergamino al libro produjo en su momento una zozobra equivalente, pero lo creo probable.

Regresando a los temores del Dr. Meselson, hay que decir que ya muchos otros científicos venían considerando que los cambios tecnológicos podían llegar a generar una especie humana tan distinta a la que conocemos desde la invención de la escritura, que no sabríamos reconocer esa humanidad que estará formada por los nietos de nuestros nietos y ellos no podrían identificarse el pasado que para entonces nosotros seremos. ¿Qué cambios tecnológicos? Aquellos que pueden incidir en lo que, hasta donde sabemos, define nuestra condición humana: la extrema longevidad o cuasi-inmortalidad que sustituiría a nuestra conciencia actual de mortalidad; la expansión ilimitada de nuestro potencial mental mediante una simbiosis entre sistema nervioso y computación y un cambio fundamental en las grandes coordenadas del placer y el dolor.

Lo que Meselson agregó a esa intuición sobre probables cambios fundamentales en la condición humana, es la posibilidad de que ello ocurra segmentadamente, para ciertos grupos humanos, los cuales cerrarían la puerta tras de sí, luego de haberse trasladado a otro plano de humanidad.

¿Qué hoy parece demasiado tenebroso como para pensar en ello? Sí; pero consideremos que si se hubiera hablado, a comienzos del siglo pasado, del control de la natalidad, la fertilización in vitro o la clonación (sin mencionar las armas nucleares) todos hubieran dicho que era tan inconcebible e inhumano que no cabía ni siquiera imaginárselo.

Y ante esta perspectiva, ¿hay algo que se pueda hacer? No mucho. Uno podría plantear la vigencia de ciertos principios éticos, en cualquier circunstancia, pero estas normas serían extremadamente generales: consideración y respeto por todo ser viviente y poco más. Y en todo caso ello estaría sujeto a la determinación de quienes tomarían el control.

¿Pesimista? Quizás, aunque siempre me consideré más bien optimista. No será el fin de la historia, pero sí de un muy magno capítulo. ¿Buscar refugio en la religión? Un columnista chileno escribió una vez algo que parece arrogante, pero no lo estimo así: ese tipo de consuelo se paga a un precio muy alto; el de la lucidez.

domingo, 24 de octubre de 2010

LOS MINEROS Y LA EXPLOTACION PUBLICITARIA


GEOTEC, la sociedad comercial dueña de la perforadora que alcanzó el refugio donde están los mineros, les envió camisetas con el nombre de la empresa para que se las pusieran al momento en que llegara de la sonda. Los mineros lo hicieron, asumiendo, supongo, en su aflictiva situación, que hay que seguir toda instrucción que viene de la superficie. El gobierno se enfureció al ver la grabación y la censuró.

¿Qué reflexiones provocan este y otros intentos de explotar publicitariamente el rescate?

1. Es cierto que la publicidad es inseparable de la vida y la economía modernas. La divulgación de productos y servicios puede ser, a menudo, engañosa, pero, en sí misma, es una función necesaria y permite, además, financiar los medios masivos de comunicación.

2. Interesa a las empresas asociar su imagen corporativa o su marca con valores positivos a los ojos de la comunidad. El objetivo final es siempre maximizar las ganancias (lo que es natural), para lo cual les conviene que el público consumidor tenga una imagen favorable de ella. Esto se puede hacer de una manera general y sutil – y más aceptable para el público – o de un modo más burdo. Ejemplo de lo primero son el financiamiento de las artes o de programas de educación o de salud que emprenden diversas empresas.

3. El camino más grosero consiste en solventar actividades de bien público, pero concebidas desde la división de marketing de la respectiva empresa, para intentar promover un producto, bajo el disfraz de filantropía, o bien para intentar contrarrestar el carácter nocivo del mismo. Por ejemplo, una marca de cigarrillos que financia un evento deportivo o una empresa que patrocina un concurso de arte, exigiendo que los artistas generen obras relacionadas con alguno de sus productos.

4. A veces, el mal gusto alcanza niveles de profanación. Es lo que ha sucedido en los últimos años, alrededor de la Navidad, cuando se ha instalado frente a La Moneda un árbol de pascua gigante cuyos adornos son símbolos de la Coca-Cola. Es también lo que acaba de intentar GEOTEC, buscando publicidad fácil en torno a una de las escasas ocasiones en que la vida moderna nos permite acudir a lo que nos queda de altruismo, solidaridad y esperanza.

5. Pregunta: ¿No hay también un aprovechamiento de una causa noble por parte de las empresas que patrocinan la Teletón a cambio de que sus productos sean vinculados oficialmente a esta campaña? Creo que sí, pero la sociedad se ha resignado al hecho que, de no mediar esta forma de publicidad, los niños discapacitados contarían con menos ayuda.

6. Segunda pregunta: ¿No aprovecha también el gobierno la publicidad del rescate de los mineros? Sí, aunque ésta puede ser una consecuencia inevitable (sin perjuicio de que sea también manipulada para maximizar sus efectos) del cumplimiento de su deber. Lo que resultaría menos aceptable sería que se subordinaran aspectos importantes de la operación de rescate con el fin de destacar el protagonismo del Presidente o de otras figuras políticas. Además, es reprobable que no se haya respetado la privacidad de la vida de los mineros y sus familias o de sus comunicaciones personales.

7. Tercera pregunta: ¿También los medios masivos de comunicación lucran con el rating de esta ultra-noticiosa situación? Sí, tanto los medios nacionales como los extranjeros. Sin embargo, al igual que sucede con las autoridades políticas, ello es una consecuencia inevitable del cumplimiento de su misión. Por lo mismo, sería similarmente reprochable que pasaran por encima de consideraciones básicas de ética periodística.

8. Ultima pregunta: ¿No se está legitimando este afán de explotar publicitariamente (y, por tanto, económicamente) este drama, mediante los consejos anticipados que todo el mundo entrega a los mineros de sacar el mayor partido posible de sus historias, una vez rescatados? En parte, sí. No obstante, sería de un moralismo discriminador y prepotente pedirles que sus penurias alimenten los bolsillos de tantos otros y no redunden en ningún beneficio propio.

lunes, 11 de octubre de 2010

200 AÑOS: DOS GRANDES TAREAS PENDIENTES


Los sistemas políticos nacen, viven, mueren y renacen. Chile nació con un declarado ideario republicano. En el curso de su laboriosa vida independiente, la convivencia nacional se ha quebrado radicalmente en dos momentos. Hoy, luego de la última refundación, el país procura realizar las tareas incumplidas.

La emergencia de un nuevo Estado, suele ocurrir en un tiempo concentrado (en Chile, aproximadamente, entre 1810 y 1833). Esos períodos poseen gran valor simbólico para futuras generaciones. Se diría que en ellos se elabora el software ético y político de una nación, el cual se va actualizando, a lo largo de las décadas y los siglos, aunque siempre marcado por su configuración inicial.

Desde luego, los nuevos Estados no brotan de la nada. En Chile, tanto las raíces precolombinas como el peso de la herencia hispana contribuyeron a moldear la nación que hemos sido. Con todo, el período fundacional de un nuevo país le da a una comunidad nacional un nítido sello de identidad y sentido.

Chile nació durante el auge de los ideales liberales forjados en el siglo XVIII. Ellos definieron nuestra “hoja de ruta”. Sus nociones centrales son la igual dignidad y derechos de toda persona y la voluntad popular como base de la legitimidad del poder. Este ideario implica que el sentido de una sociedad política es maximizar los beneficios de la cooperación, en un clima de seguridad que les permita a todos desenvolverse autónomamente, sobre una base de igualdad de oportunidades.

Durante dos siglos, la historia de los países americanos ha estado marcada por el intento trabajoso de concretar tales principios, o, con más frecuencia, por el afán de pretender que se avanza en esa dirección, cuando la realidad muestra estancamientos o retrocesos. Chile ha sido una excepción relativa a esta última tendencia.

Las primeras conquistas igualitarias republicano-liberales fueron la abolición legal de la sociedad de clases privilegiadas y de la esclavitud. También se inició un largo proceso, hoy todavía inconcluso, de erradicación de las discriminaciones (principalmente, las que se basan en la religión, raza o género). El camino no ha sido llano. En Chile, las declaraciones iniciales de igualdad legal no se han materializado plenamente en la práctica. Aunque con el tiempo se superaron algunas formas extremas de servidumbre y sometimiento, subsiste la marginación o exclusión social de sectores de la población.

Hacia la segunda mitad del siglo XIX, se hizo claro, en todo Occidente, que las igualdades legales, frutos de la primera oleada de pensamiento liberal, eran fundamentales pero no suficientes. Frente a la dramática desigualdad de hecho que sufrían los pobres, fue cobrando fuerza la alternativa de transformar revolucionariamente la sociedad. A partir de entonces y hasta el fin de la Guerra Fría, 140 años más tarde, la lucha por la hegemonía política nacional y mundial tomó la forma de grandes pugnas ideológicas.

De este tipo conflictos políticos ha estado plagada la vida de las sociedades modernas. Sin embargo, cuando se extreman, pueden provocar la muerte de un sistema político, la que frecuentemente va acompañada de grandes atrocidades. Ello sucedió en Chile en 1891 y en 1973.

En décadas recientes, luego de la última refundación de nuestro país, ha habido nuevos avances hacia los ideales fundacionales. Las nociones de democracia, derechos humanos e igualdad de oportunidades concitan gran aprobación, al menos retóricamente. Hay mayor espacio para el emprendimiento. La sociedad civil ha cobrado más protagonismo, lo que es clave para hacer realidad el principio democrático de la soberanía popular. Ha ganado terreno la idea de que tenemos derechos pero también responsabilidades: debemos, a la vez, contar con medidas de solidaridad social y valernos por nosotros mismos, en toda la medida de lo posible.

Hoy subsisten dos grandes desafíos. El primero es alcanzar una situación de efectiva inclusión social que provea igualdad de oportunidades para todos, superando la discriminación y la marginación que sufren sectores del país. El segundo reto es la modernización del Estado y la sociedad, junto con desarrollar una capacidad de constante adaptación a las exigencias de los tiempos.

Abordar estas tareas exige superar algunos lastres que continúan dividiéndonos. Cincuenta años atrás, Chile estaba escindido, ideológicamente, en tres tercios irreconciliables. Actualmente, tales extremas diferencias parecen superadas, pero existen otras grietas no tan claramente visibles: Por una parte, hay quienes no están dispuestos a ceder ni un ápice de sus privilegios en pro de construir una sociedad justa y sostenible. Por otra, hay quienes prefieren esperar todo del Estado. Para realizar el ideal republicano inscrito en nuestra acta de nacimiento como país, se requiere que pueda prevalecer, en el largo plazo, una tercera actitud: la de quienes advierten que el emprendimiento es la savia de una sociedad, pero que la inclusión y la justicia social son sus raíces y tronco.